Durante el siglo XVI, Valladolid vivió una época de esplendor, gracias a la actividad mercantil y artesanal, que consiguió reunir entorno a la capital del mundo hispánico a importantes personalidades de su época. Entre ellos la ciudad del Pisuerga vería el nacimiento del que sería el gran rey del Imperio Español, Felipe II en 1527 en el Palacio de Pimentel, quien daría el título de ciudad en 1596 a lo que hasta este momento era villa. Durante todo el siglo se llevarían a cabo una serie de reestructuraciones urbana, incrementadas por el gran incendio de 1561 que destruyó el centro urbano y que daría pie a la nueva construcción de la Plaza Mayor, la cual serviría de modelo para el trazado regular de muchas plazas españolas, entre ellas la de Madrid y Salamanca y su posterior exportación a Sudamérica. También comenzaron las obras de la nueva catedral, que quedó inconclusa debido al declive que sufrió la ciudad cuando Felipe II decidió el traslado de la corte a Madrid debido a su localización geográfica estratégica y por encontrarse cerca de El Escorial, la obra más representativa de su reinado. El desmantelamiento del entramado administrativo afectaría al comercio lo que originó la decadencia de la ciudad.

El 10 de enero de 1601, gracias a las presiones del valido Duque de Lerma, quien tenía una amplia influencia política en la región, y quien recibió un importante donativo por parte de la nobleza local, Felipe III traslada la corte desde Madrid a Valladolid. Cuando la corte llegó se encontró con una ciudad de unas 15.000 viviendas y con cerca de 80.000 vecinos, lo cual demostraba su antigua importancia dentro de la meseta castellana; la ciudad rebosaba ya la muralla que rodeaba el antiguo núcleo medieval, dejando parte de su centro antiguo provisto de numerosos caserones, entre ellos el que sería el Palacio Real, propiedad del Duque de Lerma ubicado en la Plaza San Pablo.

Seis meses antes de tomar la decisión del cambio de la corte, el Duque de Lerma a través de conocidos gentiles hombres de la corte, adquirieron diversos inmuebles en la decaída ciudad a precios irrisorios; con la noticia del cambio de titularidad, Valladolid aumentó el precio de sus viviendas de manera desorbitada, por lo que las ganancias del Duque fueron máximas. Durante 5 años el Duque de Lerma jugó con el mercado inmobiliario, adquiriendo de nuevo fincas y palacetes en Madrid a precios muy bajos, mientras vendía las residencias pucelanas a los nobles deseosos de acompañar al rey a la nueva capital. Incluso llegó a vender al propio rey, poco antes de la nueva marcha cortesana, lo que entonces se conocía como Huerta de la Ribera, por 30 millones de maravedíes, a partir de entonces a esta zona se le conoce como Huerta del Rey.
Todo el centro sería fuertemente reformado para adaptarse a la nueva vida cortesana, construyéndose nuevos palacetes, pavimentándose calles y ejecutando muchos pasadizos para que los nobles circularan libremente por la ciudad sin ser vistos, algo de lo que se burlará el propio Quevedo: “A fuerza de pasadizos / pareces sarta de muelas, / y qué cojas con tus calles / y sus puntales muletas”. Todo para hacer disfrutar a los nobles en la ciudad, algo que parece ser que consiguieron a base de fiestas, saraos y grandes banquetes.
Quizás fue la sequía y la peste de 1605, que acabó con la vida de muchos habitantes, entre ellos nobles o por la habilidad del valido, quien tras atesorar cuanto pudo volvió a cambiar, con maestría, la opinión real; lo cierto es que el 30 de enero de 1606, se hizo el comunicado oficial en el Ayuntamiento a través de una misiva del valido, de la marcha de la corte de la ciudad. Tres años antes ya habían comenzado los preparativos entre el Alcalde de Madrid y el Duque de Lerma para la vuelta de la capitalidad a la villa, llegando a hablar de una paga a la propia monarquía de 250.000 ducados por el traslado, de la cual el valido recibiría una tercera parte y el resto sería para la adecuación del Alcazar.
Los ataques entre madrileños y vallisoletanos durante el quinquenio de cambio de capitalidad fueron frecuentes e hirientes, los madrileños acusaban a Valladolid de insana, apestosa y de ser cuna de cazoleras. Los vallisoletanos en cambio dicen de Madrid que solo posee un aprendiz de río y que sus mujeres no son más que ballenatas, mientras se jactan de poseer la sede de la Chancillería y de tener la Universidad más antigua.
Durante dicho periodo acudieron políticos, soldados, comerciantes artistas y junto con todo un nutrido grupo social, numerosas personalidades, entre ellas, Cervantes y su familia en 1603, quienes se alojaron el la calle del Rastro, donde vivió cuando se imprimió la primera edición del Quijote, la cual ostenta licencia y privilegio real extendido por el Consejo de Castilla en Valladolid, privilegio imprescindible para la impresión de libros. Quevedo, Góngora, Vélez de Guevara incrementarían el censo de ilustrados y en la propia ciudad vieron la luz los dos herederos de la monarquía: el futuro Felipe IV y su hermana Ana de Austria, futura reina de Francia y madre de Luis XIV. Tras el abandono de la corte, la ciudad comenzó su mayor declive, solo mitigado por la implantación de talleres textiles en 1670.
Para más información en la web Diputación de Valladolid.
Ruta turistica por la Valladolid cortesana.