Las edificaciones destinadas al confinamiento de los criminales, eran más que un lugar de encierro un lugar de reunión de los bajos fondos donde llevar a cabo prósperos negocios criminales, que acababan implicando tanto a los residentes como a las autoridades de la cárcel.
Existían diferentes cárceles en función del cuerpo gubernamental al que pertenecían: la de la Villa, la de la Corte, la Audiencia, la Hermandad, la Arzobispal, la Inquisitorial e incluso la de Contratación en Sevilla. En este caso haré una reseña de las cárceles de la villa.
Los edificios solían construirse en el centro de las ciudades como símbolo ejemplarizante ante la conducta criminal. En el caso de Madrid, la cárcel de la Villa se ubicaba en la Plaza de la Villa (si bien su representación en el Texeira no reflejaron las obras realizadas) mientras la cárcel de la Corte se localizaba en el pleno corazón de la ciudad al lado mismo de la Plaza Mayor, si bien compartía la función carcelaria con el lugar específico en que la Sala de Provincia del Consejo de Castilla y la Sala de Alcaldes de Casa y Corte impartían justicia. Igual de bien escogida era la ubicación de la prisión de Sevilla, en la confluencia de la calle Sierpes con la Plaza San Francisco, junto a la Audiencia y el Ayuntamiento.
Los delitos que podían ocasionar el encarcelamiento eran muy variados, desde muerte, robo, falsificación, hechicería hasta pecados. Los presos eran diferenciados únicamente por su condición social y su sexo, lo cual condicionaba su localización dentro del edificio. Desde su llegada a la cárcel, los reclusos eran cacheados para localizar armas y objetos ocultos en la ropa. Para ser conducidos a un calabozo, a no ser que se fuera gente importante, en cuyo caso eran alojados en la sala de linaje o aposentos, a razón de 15 reales al mes; en el caso de las mujeres eran llevadas a la mansión, protegida con doble reja, la zona femenina de la prisión, en caso de no existir una cárcel específica para ellas.
La distribución de las celdas solía originarse alrededor de un patio central. Sobre este se abrían los ventanucos de las estancias. Existían muchos nombres que designaban diferentes habitaciones. Los cuarteles eran las grandes salas donde se hacinaban la mayoría de los presos, encierros eran llamados los calabozos con luz natural, mientras que las celdas destinadas a los presos más peligrosos se llamaban pallazas o galeras viejas. El lugar también contaba con una capilla, una enfermería llena de enfermos reales o fingidos, una sala de confesiones, una cámara de tormento, corralón, patio del desahogo con una fuente para lavar e incluso una taberna controlada por el alcaide.
La vida en el interior de los recintos estaba marcada por la falta absoluta de higiene, multitud de enfermedades, además de maltratos y peleas que en ocasiones acababan en muerte y la obligación de pagar cualquier tipo de servicio. Todo en el interior tiene un precio, desde el mismo ingreso el reo debía pagar el tributo del aceite, que los viejos reclusos (avutardas) hacían recaudar a los coplillas (presos más jóvenes). El dinero lo repartían entre las avutardas y el portero, recibiendo los guardianes su parte a través del impuesto de calabozaje. Sobra decir que aquellos que se negaran a pagar podían pasar una mala temporada en las pallazas. La comida, bebida, las velas… también debían ser comprados, así como posibles favores, como jugar a los naipes o contar con alguna prostituta, quienes asistían de esta manera al mantenimiento de sus rufos apresados. No era éste el único negocio dentro de la prisión, pues la picaresca, la extorsión y las amenazas estaban a la orden del día. Tal era la importancia de los sobornos que había quien entraba y salía con impunidad gracias a los funcionarios corruptos.
Por otra parte la seguridad no era máxima dentro de la cárcel, las puertas permanecían abiertas hasta las 10 de la noche, cuando el alcaide hacía posesión de las llaves. Durante todo el día el lugar era una procesión de conocidos que acercaban comida u objetos a los presos, con los cuales podían hablar sin trabas, llegando a dormir dentro de la cárcel multitud de mujeres con el beneplácito del portero, quien aumentaba las ganancias.
A pesar de ello, las fugas se castigaban con dureza, pero era una práctica muy habitual, ya fuera mediante limas, sobornos, disfraces (de cura o mujer) o el engaño.
