Tras un siglo XVI testigo de un alto crecimiento demográfico y un gran desarrollo de las actividades económicas, secundadas por el poder que ostentaba la Monarquía Española, comienzan a atisbarse en Aragón las dificultades que marcarían el siglo XVII en todo el territorio, incluido el Reino Aragonés. Las derrotas políticas, bélicas y la grave crisis económica se vieron agravados en Aragón por la expulsión de los moriscos en 1610, quienes suponían un 20 % de la población, la peste y un periodo de malas cosechas, acompañadas de la guerra de Secesión Catalana en 1640. Este grupo de desgracias redujeron drásticamente la demografía local que durante el siglo pasado tanto había aumentado, quedándose numerosas tierras de cultivo abandonadas y otras actividades artesanales como la cerámica en un serio peligro.
Las dificultades económicas y los agravantes al comercio generalizaron el contrabando y a los grupos marginales de población; unidos a estos se crearían instituciones de beneficencia como Hospital de Nuestra Señora de Gracia o la Real Casa de Misericordia de Zaragoza, creada en 1669 como hospicio para acoger a mendigos. También aumento la devoción por la Virgen del Pilar, acrecentado por el milagro de Calanda.
Zaragoza mantuvo su señorío sobre amplias zonas de su provincia, así como las sedes institucionales de la Corona. Además era el centro religioso del reino, con la sede arzobispal, en cuyo palacio se alojaban los reyes, y el tribunal de la Inquisición cuya sede y cárcel se encontraban en el Castillo. Los clérigos y altos aristócratas seguían ocupando los más altos cargos representativos, así como aquellos ciudadanos ricos, pero sin nobleza que podía acceder a las clases altas. El resto de la población estaba formada por un grupo variopinto dedicado a diversas actividades. La economía era regida por las normativas de los gremios, llamadas ordenaciones, que regularon especialmente las actividades comerciales de los textiles. Además de esta actividad, los ciudadanos se empleaban en la industria de la madera, la construcción, el metal o la cera. Todo el comercio se encontraba regulado por Los Jurados de la Ciudad que establecían un riguroso control de los movimientos de los productos, con prohibiciones como la de abrir nuevas puertas al amuralla o la de obligar a la venta de determinadas mercancías en lugares estipulados.
La ciudad vio como la crisis deterioraba su caserío y sus viales, así como su muralla perdía capacidades defensivas. Entre las pocas modificaciones urbanísticas se encuentra la apertura de la calle Gil. Aún así se construyeron numerosos edificios, sobre todo religiosos, que modificaron el perfil de la ciudad. Este auge de conventos y monasterios venía asociado a un incremento de la devoción sobre todo por la Virgen del Pilar. Entre las nuevas construcciones se encuentra la Iglesia de Santiago el Mayor, la de Santa Isabel de Portugal (San Cayetano), la torre de La Seo, o la Basílica del Pilar (cuya primera piedra se puso en 1681), y conventos como los de las Carmelitas Descalzas de Santa Teresa (Las Fecetas) o San Agustín. En 1675 se comenzarían las obras de la Basilica del Pilar; en obra civil encontramos el palacio conocido hoy como de Argillo, antes del marqués de Villaverde, en el cuya obra intervino Felipe de Busiñac y Borbón a partir de 1661. También se construyeron dos puentes para unir la ciudad con los Arrabales, pero el 18 de febrero de 1643 una riada se los llevó. El puente de Tablas fue reconstruido en 1644 e inaugurado por el Rey, siendo restaurado más tarde el Puente de Piedra en 1657.

Vista multimedia de Zaragoza sobre la obra de Juan Bautista Martínez del Mazo (1646):
http://www.enciclopedia-aragonesa.com/monograficos/historia/edad_moderna_en_aragonII/multimedia/vista_zaragoza/vista_zaragoza.htm