Cervantes y la licantropía

licantropou Cervantes y la licantropíaNo son nuevos en la cultura popular del Siglo de Oro los fenómenos de licantropía, por mucho que la Inquisición tratase de acallar las leyendas más famosas entorno a estos seres capaces de convertirse en lobos a la luz de la luna; y menos aún su influencia en la literatura de autores como Miguel de Cervantes, quien trata en su obra “Los trabajos de Persiles y Sigismunda” un caso de brujería licantropa como muestra Luciano López Guitérrez en su libro “Portentos y prodigios del Siglo de Oro”

“… Lastimosamente aherrojado, con grilletes en manos y pies, el maestro de danzar ya ve, con desesperación, cercano el fin de sus días, cuando recibe en su celda penumbrosa la visita de una señora, que había sido liberada de la prisión, en la que había recalado por hechicera, porque había prometido salvar de la muerte a la hija de la alcaide, ya desahuciada por los médicos, con yerbas y palabras salutíferas.

En fin, la bruja, tal vez atraída por el donaire y gallardía de Rutilio, le asegura que es capaz de sacarle de la prisión si consiente en casarse después con ella. A Rutilio no le hace ninguna gracia tal proposición, pero se doblega a aceptarla para escapar de trance tan apurado. Así es que, llegada la noche, la hechicera despierta al maestro de danzar y le ordena que agarre el extremo de una caña, cosa que consigue porque por arte de birlibirloque se ha visto liberado de sus esposas y grilletes. Ya fuera de la celda, la mujer extiende su manto y ordena al caballero que pose sus pies en él, momento en el cual el manto se suspende en el aire y lleva a la pareja en un vuelo de tres o cuatro horas a apartados parajes donde se han puesto a salvo de cualquiera de sus perseguidores. Entonces la hechicera se abalanza sobre Rutilio con la intención de besarlo, pero este comprueba con estupefacción que se ha convertido en una espeluznante loba, de tal manera que el caballero saca fuerzas de flaqueza, logra encontrar un puñal que traía escondido en el seno, y atravesar con él a la impresionante loba que en su agonía va recobrando su figura de mujer. Rutilio, horrorizado, se aparta del cadáver, y espera que apunte el alba tras una interminable y congojosa noche. A los primeros hombres que se topa tras el amanecer les pregunta dónde se encuentra y tiene la suerte de que uno de ellos entienda su parla toscana y le conteste que está en Noruega, lugar en que son muy frecuentes fenómenos como los vividos por el galán italiano…”

La contemplación del propio entierro

suentierro La contemplación del propio entierroEn el archicitado libro de Antonio de Torquemada  “Jardín de flores curiosas”, se narra  una historia, que se asegura que es verídica, aunque por discreción no se divulgue el nombre de los protagonistas, en que aparece un motivo, que más tarde gozará de gran difusión en leyendas y obras literarias emblemáticas de nuestro país: la contemplación del propio entierro.

En efecto, don Antonio relata que un caballero de alto linaje se prendó de los encantos de una monja, y, a su vez, logró encandilarla hasta tal punto que consiguió que le proporcionara unas llaves que le dieran por la noche acceso hasta su celda, con el fin de apagar allí los amores en que ardían. Todo trascurría según lo previsto por los amantes clandestinos, pero, al entrar en la iglesia por la que había de pasar para tener acceso a la zona de clausura del convento, el caballero se vio sorprendido al ver, estupefacto, que había colocado en el altar un túmulo rodeado de clérigos provistos de hachones encendidos y cubiertos de negras sobrepellices. Sin embargo, su sorpresa sería mayor, cuando, al hacer pesquisa de la identidad del fallecido, se le respondiera que el cadáver era, nada más ni nada menos, que él mismo. Confuso por la respuesta recibida, decidió volver a casa para reponerse del susto, y comprobó que por el camino se acomodaron al trote de su caballo dos canes negros de espantable figura, que no hubo forma de alejar de allí. Llegó, por fin, el caballero a su hogar demudado de color, contó a sus criados lo sucedido, y se retiró a descansar a sus aposentos, donde fue hecho pedazos por los canes negros que lo escoltaron a lo largo del camino.

Fuente: “Portentos y prodigios del Siglo de Oro” de Luciano López Gutiérrez.

El Exorcismo de Santa Cruz la Real de Segovia

nuestraseoradelaguia El Exorcismo de Santa Cruz la Real de SegoviaLos historiadores Francisco Egaña y Pompeyo Martín descubrieron en el Archivo Diocesano de Segovia  un documento que narra un exorcismo llevado a cabo en el convento de Santa Cruz la Real en el año 1614, redactando un artículo titulado “Un exorcismo en el convento de Santa Cruz la Real de Segovia, en el año 1614”, publicado por la editorial San Esteban de Salamanca como separata de “Archivo Dominicano. XXIX. 2008”

Todo sucedió cuando Martín Fernández Peña, artesano de paños como otros muchos segovianos con casa en la parroquia de Santa Eulalia, acudió la mañana del 10 de mayo de 1614 al convento de Santa Cruz la Real con su criada María Fernández, la cual parecía poseída por el demonio. El día anterior, su esposa, junto con un padre dominico encontraron a la criada de la casa con convulsiones y temblores en el suelo, acudiendo de inmediato al párroco del barrio. Armado con las escrituras, el sacerdote no pudo aplacarle el mal que sufría y les aconsejó bajar por la mañana al convento de de Santa Cruz la Real donde se practicaban exorcismos. Angustiado su amo por el extraño comportamiento de la moza, quien giraba los ojos y hablaba en lenguas extrañas,  y sin saber que otro remedio aplicarla, la llevó en presencia de fray Juan González, el vicario del convento, para que la conjurase y así sacarla el diablo de dentro.

El fraile la condujo a la capilla de Nuestra Señora de la Guía y allí se dispuso, colocándola una estola, a ver si estaba realmente endemoniada. Al ver como la joven se retorcía, girando el cuello y los ojos, gritando y riendo con un sonido parecido a un gallo, y con una fuerza tal que fue necesario llamar a más gente para  poder sujetarla, decidió conjurarla sin más dudas. Mandaron a uno de los mozos a por el azufre a la ciudad para mezclarlo con incienso y ahumar a la endemoniada, mientras el diablo comenzó a hablar por su boca en latín, vaticinando sucesos y diciendo ser el abuelo de la joven, Juan Gomez, excomulgado y muerto seis años atrás, y que desde entonces rondó el alma de la joven hasta introducirse en ella.

El demonio se reía de los esfuerzos del sacerdote por expulsarlo del cuerpo de la moza, a base de bofetones y pellizcos, y de sacarle la lengua a bendecirla una y otra vez, ofreciendo una resistencia tal que les llevó cuatro horas reducir.

Ante la rebeldía del diablo en salir del cuerpo de la joven, dos testigos del exorcismo, fray Juan de Idiáquez y fray Andrés Pérez, decidieron bajar el manto de Nuestra Señora de la Guía para colocárselo a la endemoniada, a la cual seguidamente,  le untaron la lengua con el aceite milagroso de la lámpara de la imagen.

“En nombre de Nuestra Señora de la Guía y por los milagros que ha hecho con este aceite te mando que dejes a esta criatura de Dios”  le gritó fray Juan González, a lo cual la moza arqueó la espalda he “hizo ruido como que quería arrancar algo del pecho”, cayendo inmediatamente hacia atrás recuperó la conciencia sin recordar lo sucedido. Asustada por verse rodeada de los frailes, hombres y mujeres que se encontraban en la iglesia, pidió explicaciones a lo sucedido a lo cual tan solo se le respondió que diese gracias a Nuestra Señora de la Guía “que la había dado salud”.

Los testigos firmaron siete documentos sobre lo acontecido esa mañana en el convento, certificando el suceso ante el notario y con el sello del obispo de Segovia.

Los misterios de la iglesia de San Pedro de Madrid

sanpedroh Los misterios de la iglesia de San Pedro de Madrid

La iglesia de San Pedro, en la calle del Nuncio,  tiene fama por ser uno de los templos conservados más antiguo de Madrid, pero también por ser de los templos que más misterios guarda. Desde su torre mudéjar, ahora inclinada, hasta los restos de un caballero emparedado de pie con sus armas, que fue desenterrado en el siglo XVI mientras hacían reformas en la sacristía, hasta su campana, tan inmensa que nadie se explicaba que fuerza humana pudo izarla a tal altura, por lo que las gentes contaban la leyenda de que se alzó solas una noche, cuando los albañiles la abandonaron en el suelo de la torre hasta resolver el problema de izarla. Cuál sería su sorpresa cuando esa misma noche oyeron tañer la campana que debía espantar a los demonios de las nubes, aquellos que traían los granizos y la pedrisca. Pocos años después, en 1565, la campana se quebró en dos, por lo que hubo de desmontarla. No acabaría así la leyenda de la campana, ya que su sucesora, se dice, que sonó sola el día en que murió Felipe II.

Pero si fue conocida la iglesia de San Pedro en el siglo XVII fue por uno de sus moradores, un calabrés llamado Genaro Andreini, que tras su llegada y en breve tiempo se convirtió en uno de los exorcistas más famosos de Madrid. El italiano llegó desde su tierra en peregrinaje hacia Santiago para ver el sepulcro del Apóstol, pero se asentó en Madrid, en esta parroquia, comenzando a realizar exorcismos por los que se hizo muy popular. Desde su llegada no eran pocas las personas que llegaban de uno y otro punto del reino para ser exorcizadas por las manos del calabrés, ya que se creían poseídas por demonios o por el mismo Satán.

Los fieles de Andreini crecían con el tiempo, pues él proclamaba el aumento de las posesiones, lo que sugestionaba aún más al populacho que acudía en masa a recibir su socorro. Tal fue la algarabía entorno a él, que el Santo Oficio tuvo que poner orden en el escándalo, desterrando al italiano fuera de castilla, consiguiendo a la vez expulsar al resto de demonios junto con él.

Tal fue la popularidad de este hombre que se dice que hasta Francisco de Quevedo le compuso unos versos satíricos:

“Venid viejas, a San Pedro.

Llegad, que ya está el beato

Andreini con hisopos

Preparado a buscar diablos”

El Diablo Cojuelo

diablocojuelopeq El Diablo Cojuelo“-¿Eres Satanás? -prosiguió el estudiante
-Ese es demonio de sastres y carniceros- volvió la voz repetible.
-¿Eres Bercebú? – volvió a preguntarle don Cleofás. Y la voz responde.
-Ese es demonio de tahures, amancebado y carreteros.
-¿Eres Barrabás, Beliat, Astarot? – finalmente le dijo el estudiante.
-Ésos son demonios de mayores ocupaciones – le respondió la voz – demonios más por menudo soy, aunque me meto en todo: yo soy las pulgas del infierno, la chisme, el enredo, la usura, la mohatra; yo traje al mundo la zarabanda, el déligo, la chacona, el bullicuzcuz, las cosquillas de la capona, el guiriguay, el zambapalo, la mariona, el avilipinti, el pollo, la carretería, el hermano Bartolo, el carcañal, el guineo, el colorín colorado; yo inventé las pandorgas, las jácaras, las papalatas, las mortecinas, los títeres, los volatines, los saltambancos, los maescorales y, al fin, yo me llamo el Diablo Cojuelo.”

 

Este diablo es de sobra conocido en la tradición y las leyendas castellanas, y por la historia de la literatura gracias a la obra “El Diablo Cojuelo” por Luis Vélez de Guevara en 1641. Este demonio, fue uno de los primeros en caer a los infiernos tras la rebelión celestial, con tan mala suerte que todo sus congéneres cayeron sobre él dejándolo tullido, pero sin que su cojera llegara a evitar ser el más veloz de los diablos.

Lejos de ser la representación maligna, encarna a un travieso diablillo, creador de la danza y el folklore, del cual se deshacen sus propios compañeros demoniacos al entregárselo a un astrólogo para dejarlo encerrado en un tarro de cristal. Según cuenta el propio Guevara, tenía el poder de levantar el techo de las casas a medianoche para poder observar que sucedía en ellas. Desde la torre de la iglesia de San Salvador en Madrid parecía dominar la vida de toda la villa y corte, según le cuenta al joven estudiante Don Cleofás Leandro.

El Diablo cojuelo es uno de los más conocidos dentro del mundo de la brujería castellana y sus referencias en procesos, conjuros, oraciones e invocaciones es muy numeroso durante el siglo XVI y XVII, siendo muy considerado en este último siglo, en la propia corte madrileña a modo de “mensajero amoroso” al cual se reclamaba mediante conjuros para que mediase entre dos enamorados. Entre las brujas que lo convocaban era conocida la madrileña Doña Antonia de Acosta Mexía:

“Estos cinco dedos pongo en este muro, cinco demonios conjuro: a Barrabás, a Satanás, a Lucifer, a Belcebú, al Diablo Cojuelo que es buen mensajero, que me traiga a Fulano luego a mi querer y a mi mandar”

Siendo famosos otros conjuros para llamarlo, como los que siguen:

“Al diablo cojuelo / que es buen mensajero / y el diablo coxo, / que corre más que todo /Diablo Cojuelo, / Tráeme luego…”

Diablo Cojuelo / traémele luego / diablo del pozo / traémele que no es casado / que es mozo / diablo de la Quintería / traémela de la feria / diablo de la plaza / traémele en danza…

Señor de la calle / Señor de la calle / Señor compadre / Señor cojuelo / Que hagáis a (Fulano) / que se abrace solamente a mí / y que me quiera y que me ame / y que si es verdad / que me ha de querer / que ladre como perro / que rebuzne como asno / y que cante como gallo.

La obra de Luis Vélez de Guevara fue adaptada por el francés Alain René Lesage (1668-1747) con el nombre de Le Diable Boiteux, ajustándolo a los gustos de su propia época.

Si no hay justicia, no hay Dios.

Esta leyenda tradicional ambientada en el Campo de la Verdad, como era conocido en la época el Campo Grande, fue recogida por el poeta José Zorrilla en la edición de sus Obras Completas bajo el nombre de “Para verdades el tiempo y para justicia dios”. Estructurada en tres partes, se cuenta la historia de un amor que acaba en sangre, un crimen resuelto con el castigo de un inocente y la duda en el mismo dios de un hombre de fe.

Corría el siglo XVII en la ciudad de Valladolid, en donde vivía la joven Ana Bustos de Mendoza, noble de importante familia, y enamorada de don Juan de Vargas. El joven había tenido que huir de la ciudad para desterrarse a Italia, tras ser acusado de cómplice en una reyerta nocturna que acabó en muerte. Antes de marcharse, doña Ana le prometió esperarle un año manteniendo su compromiso de matrimonio. Los Mendoza utilizaron sus contactos en la corte para obtener el perdón del rey y de la justicia para el joven, el cual no dio señales de vida. Pasó un año y medio y ni noticias, ni cartas llegaron desde Italia.

En la ausencia del joven, apareció otro pretendiente que cortejaba a doña Ana, don Tello Arcos de Aponte; la joven le hizo partícipe de su promesa y en presencia de su padre le prometió consentir su matrimonio si pasado el plazo que le dio a don Juan no tenía noticias del mismo. Consumido el plazo con creces, don Tello renovó su amor por doña Ana, y la pidió su mano en matrimonio.

Caía la tarde de un día de octubre, víspera del casamiento entre la Mendoza y el Aponte, cuando los novios se encontraban preparando los festejos de su enlace. Poco a poco comenzaron a llegar conocidos nobles a la casa de doña Ana para darles su enhorabuena, en esto que alguien golpeó la puerta, y al abrir don Tello se encontró frente a frente con don Juan, su rival en amores.

Enfrentados por el amor de la joven, cada cual comenzó a reivindicar su derecho para contraer matrimonio con Ana Bustos. Tanto se encendieron los ánimos que ambos pretendientes se retaron en el Campo de la Verdad, lugar frecuente de duelos. Allí acudieron a batirse con el fervor de la honra herida, cuando don Tello constató que don Juan era un hábil espadachín. Sabiéndose incapaz de vencerlo con el acero, decidió hacerlo con el engaño, gritando de pronto:

-¡Tente! ¡No le mates! Haciendo ver que alguien andaba armado a la espalda de don Juan. Éste volviéndose dejó libre su defensa, y don Tello le asestó una estocada mortal en el pecho.

Tras matarlo, volvió a casa de su prometida, dejando el cuerpo abandonado en el campo. Una vez allí guardó el secreto de lo ocurrido, quedando el asesinato de don Juan en el olvido del misterio. Sin embargo el destino, caprichoso, le brindaría una extraña venganza…

En uno de los monasterios que rodeaban el Campo de la Verdad, vivía un monje capuchino, corpulento de cuerpo y de larga barba blanca. Antaño hombre de armas y cortesano vivía ahora recluido en una celda, alejado de la vida exterior, de la cual apenas disfrutaba a través de la ventana que daba al amplio campo vacío. Desde allí durante unos cuantos días observó como una figura de un hombre merodeaba sin cesar, por las noches entre la iglesia y el cementerio. Durante uno de esos enigmáticos paseos, el monje vio como un hombre perseguía a la carrera al extraño visitante y espada en mano le dio muerte. Angustiado por lo sucedido el monje reclamó a la ronda a gritos, para ver como un tercer hombre se acercaba al cuerpo del muerto con intención de socorrerle, con tan mala suerte que fue hecho preso por la gura al verlo allí, en el lugar del crimen.

Contemplando con impotencia la detención de un inocente, el monje salió del convento dispuesto a enmendar el error y dar justicia al detenido.

Quería el destino, en su juego macabro que el hombre detenido no fuese otro que don Tello Arcos de Aponte, el protagonista del triste duelo que ya contamos.

El juicio fue notorio en la ciudad de Valladolid. Compadeció don Tello afirmando su inocencia por la muerte de aquel hombre, pero el juez no le creyó, en cambio decretó que le diesen tormento para que confesara, cosa que don Tello hizo al cabo para evitar sufrir aún más. Viéndose ya condenado, irrumpió el monje en el juicio y declaró ser testigo de todo lo sucedido, lo que confirmaba la inocencia de don Tello. El juez, ante la insistencia del clérigo decidió volver a oír la declaración del reo. Don Tello movido por sus propios remordimientos por el asesinato que cometió a traición con don Juan, se confesó culpable de la muerte de un hombre. Tanto el monje como el juez quedaron sorprendidos por lo que escucharon, decretando, este último, sentencia de muerte para el reo, quien fue llevado al cadalso.

Tras presenciar lo ocurrido, el monje capuchino comenzó a poner en duda su propia fe, dado que “Si no hay justicia, no hay Dios” como bien solía decir. Poco a poco comenzó a retirarse en soledad para orar a la orilla del río Pisuerga cuando el sol se ponía en el horizonte cavilando sus pensamientos con los tormentos de la duda. En esto, una tarde observó flotar algo en el río. Pasmado e incrédulo juró ver el cuerpo de don Tello Arcos de Aponte, y  bajo el cual reposaba otro cadáver de un hombre. Aterrado, el monje intentó huir, más la voz del cadáver lo detuvo. Don Tello le pidió entonces que mirase el cadáver que bajo él se hallaba, pues no era otro que el de don Juan de Vargas, su contrincante en amores, muerto por la traición bajo su acero y mientras lo observaba  le dijo: “en duelo injusto los dos, a traición asesiné; no preguntéis el por qué de la Justicia de Dios”. Así pues su muerte fue del todo justa, tanto por dios como por los hombres, lo que disipó las dudas del viejo capuchino sobre su propia fe, mientras ambos cadáveres siguieron flotando aguas abajo.

justiciadedios Si no hay justicia, no hay Dios.

El poema completo de Zorrilla podeís encontrarlo aqui.

La leyenda del Campo Grande, como también se conoce, la podeís leer también en los blog Domvs Pvcelae y Vallisoletum.

El cuadro que ilustra la historia es “Tradición” del pintor  Gabriel Osmundo Gómez realizado en 1885, y exhibido en la Casa Museo de Zorrilla de Valladolid.

 

Felipe IV, el galán de monjas

sanplacido Felipe IV, el galán de monjasYa referí en otro momento la historia del proceso inquisitorial que aconteció en el Convento de San Plácido. Desde que se dio lugar la posesión diabólica de sus monjas y la acusación de iluminista de su confesor, el convento adquirió una leyenda negra que fue incrementándose con multitud de sucesos y leyendas.

Una de las historias que se cuentan que sucedió entre sus paredes apunta directamente al Rey Felipe IV como protagonista de una de sus muchas aventuras galantes.

La historia comienza cuando el protonotario Jerónimo de Villanueva, patrono del convento y amigo íntimo del Conde-Duque Olivares ensalzó un día ante el Rey la inmensa belleza de una de las monjas del convento, llamada Sor Margarita de la Cruz. El Rey poeta, dado a los actos galantes vio picada su curiosidad y pidió conocer a esa beldad. Para ello se hizo conducir disfrazado hasta el locutorio de San Plácido, donde quedó prendado de la joven monja. Esta posesión febril le hizo convertirse en un asiduo visitante de la comunidad, pero no contento con eso, el monarca expuso a sus confidentes el deseo de poder ver a solas a la beata. El Conde-Duque con la ayuda de Villanueva, quien vivía en una casa contigua al convento, idearon un plan para introducir al apasionado amante hasta los brazos de la novicia.

felipeivpasmado Felipe IV, el galán de monjasLa casa del protonotario comunicaba con el sagrado recinto a través de una galería destinada a guardar carbón. Sor Margarita, conocedora de los requerimientos del Rey y angustiada por el sacrilegio en el que iba a incurrir, buscó la ayuda de la abadesa Teresa de Silva. La abadesa acudió ante los nobles para que hicieran desistir del pecado al Rey, pero ellos no querían oponerse a los deseos del soberano, por lo que doña Teresa forjó una trama propia de una comedia de teatro para salvar la virtud de Sor Margarita sin ofender al Monarca. En la propia celda de la monja colocó un ataúd con la desdichada Margarita en su interior, amortajada y con una cruz entre las manos, sobre un catafalco entre fúnebres blandones y otros signos de duelo. A la hora establecida don Jerónimo recorrió el pasadizo hasta el convento, donde descubrió el imponente espectáculo, dando aviso al Rey, quien desconcertado no se atrevió a seguir adelante.

La priora creyó haber salvado la honra de su novicia, pero su engaño no duró mucho tiempo, viéndose obligada por el Conde-Duque a dar paso libre al Rey, quien entró como conquistador en el convento, consumando sus deseos con la monja. Pero aquel devaneo real no quedó oculto. Fue el propio confesor de Felipe IV, el Inquisidor General Antonio de Sotomayor quien abrió proceso contra este horrible sacrilegio. A pesar de su impulso inicial, el Santo Oficio solo descargó las culpas contra el menos poderoso de lso protagonistas, don Jerónimo de Villanueva, quien fue llevado a la cárel inquisitorial de Toledo el 30 de agosto de 1644.

Temeroso el valido de que el escándalo tuviera aún mayor transcendencia visitó al confesor una noche y sin comentarios le dio a elegir entre dos decretos del Rey: el uno le otorgaba 12.000 ducados de renta a cambio de renunciar a su cargo y volver a su ciudad natal, Córdoba, mientras que el otro le desterraba de España en el plazo de 1 día, siendo además incautadas todas sus posesiones. Ni que decir tiene que el inquisidor eligió la primera opción. Olivares envió despachos al pontífice Urbano VIII para parar el proceso abierto por la Inquisición. El Papa así lo hizo remitiendo el Consejo de la Inquisición los informes de lo sucedido a través de su notario Alfonso de Paredes en persona. Pero Olivares mandó instrucciones a los embajadores españoles de Génova y Roma para que prendieran secretamente al mensajero antes de que llegara ante la presencia del Papa. Se le incautaron los papeles que se remitieron vía Nápoles a Madrid, mientras Paredes era preso en Génova durante 20 años. La arquilla sellada fue remitida por el virrey de Nápoles al Conde-Duque, el cual quemó en persona los papeles que contenía en la chimenea de la cámara del Rey.

En cuanto a Villanueva permaneció más de 2 años en la cárcel de Toledo, acusado de iluminismo, consultas demoníacas, y partícipe del anterior proceso de posesión diabólica. Sin embargo el pleito contra él fue resuelto con cierta intercesión real lo que acabó con su absolución completa a condición de que ayunase los viernes durante un año, no volviese al convento de San Plácido ni se comunicase con sus monjas y a entregar una limosna de 2.000 ducados. Quedó pues en libertad, si bien fue expulsado de Castilla, a la que no volvió jamás, pasando sus últimos días en Zaragoza.

De este historia popular poco puede señalarse como cierto, exceptuando el proceso a Villanueva. El caso volvió a ser comidilla de los mentideros y entre otras leyendas, ésta se ramificó en otras tantas leyendas. Una de ellas habla de cierto reloj que el Rey regaló a la abadesa del convento en conmemoración a su artificio fúnebre creado para salvaguardar a su novicia, dicho reloj doblaba a muerto cada cuarto de hora, habiendo sonado todos los días hasta la muerte de Sor Margarita, según cuentan las leyendas, habiendo sobrevivido el reloj a la propia historia hasta al reforma del convento en 1903.

cristocrucificado Felipe IV, el galán de monjasOtro de los objetos salpicados por esta leyenda es el famoso cuadro del Cristo Yacente de Diego de Silva y Velazquez que hoy puede admirarse en el Museo del Prado. Originariamente la pintura se encontraba en la sacristía del convento desde 1632 y según se dice fue un regalo del Rey como muestra de arrepentimiento o conmemoración de su desliz galante en lugar sagrado. También la leyenda señala al propio Villanueva como el mecenas que encargó y regaló el cuadro, ya fuera como penitencia por el proceso de posesión diabólica acaecido en el convento o como acto de desagravio por las injurias que había recibido un crucifijo en casa de unos judíos portugueses en 1630. En cualquier caso la historia del éste convento y de sus objetos, así como de quienes lo habitaron marcaron la tradición legendaria de la sociedad de su época.

El proceso de San Plácido

El más sonado de todos los procesos levantados contra los alumbrados durante el reinado de Felipe IV aconteció en el convento de monjas de San Plácido, en la misma villa y corte de Madrid. El escándalo en su momento fue inmenso, dado que salpicó al mismísimo Conde-Duque de Olivares e incluso a su Majestad. El suceso se convirtió en historia y ésta en fantasiosos rumores.sanplacido El proceso de San Plácido

El convento de las monjas benedictinas de San Plácido, llamado de la Encarnación Benita, se encuentra en la c/ Pez de Madrid; fue fundado en 1624 por don Jerónimo de Villanueva, noble caballero y protonotario de la Corona. Tenía este caballero una joven prometida llamada doña Teresa Valle de la Cerda, quien recibió de súbito la llamada divina, ingresando en dicho convento con la dote de su noviazgo. Desde 1628 ésta dama sería la abadesa del convento, siendo el párroco y confesor del rebaño de devotas el Padre Francisco García Calderón. Estos tres personajes serían los protagonistas de ésta historia.

El Padre Francisco tenía fama de virtuoso y de sabio teológico así como de ser uno de los varones más santos de la iglesia, pero el sacerdote guardaba secretamente sus ideales alumbrados. Con su don de palabra convenció como confesor a sus novicias de la necesidad de alcanzar la gloria de dios a través de actos carnales hechos en caridad, y por tanto sin ser pecaminosos. De esta manera el bueno del párroco engatusó a las monjas convirtiendo el convento en su propia mancebía, siendo la abadesa la primera seducida por los sermones del cura. En este caldo de cultivo fue cuando hizo su aparición el Demonio en San Plácido.

El día de la natividad de la virgen en 1630 una de las monjas comenzó a mostrar aversión a las reliquias, adoptando muecas extrañas e infringiéndose golpes contra sí misma, que llevaron a pensar en una posible posesión diabólica. El médico consultado aconsejó al Padre Francisco realizar un exorcismo, pero resultó inútil, pues a los pocos días los síntomas se extendieron a otras monjas alcanzando a 25 de las 30 enclaustradas. Las monjas admitían sentirse poseídas por un demonio al que llamaron Peregrino, el cual les causaban sofocos, ahogos, temblores, misteriosas llamadas imperiosas, voces extrañas e impulsos irrefrenables. Ninguna de ellas dudaba de la posesión diabólica, pero la presa predilecta de Peregrino fue la abadesa Teresa, quien no paraba de mortificarse para huir de la angustiosa tentación… el demonio ejercía el poder de los celos, como si de un amante se tratase. Ni que decir tiene, que el influjo del confesor y de sus eróticas conversaciones en el confesionario ayudó a crear ese ambiente de posesión colectiva o histerismo, como han explicado varios médicos posteriormente.

El caso transcendió los muros de clausura y se extendió por los mentideros y como el convento había sido fundado por Villanueva, amigo del Conde-Duque de Olivares, la noticia no tardó en convertirse en escándalo político. Parece ser que el propio Villanueva, convencido de que su antigua prometida, la abadesa poseía el don de la clarividencia,  aconsejó al Conde-Duque  acudir a San Plácido para interceder por el nacimiento de un hijo varón que heredase sus títulos. Angustiado por la situación de su descendencia, el valido del Rey acudió, tal y como consta en el proceso, y según murmuraron sus enemigos, para obtener la intercesióreypasmado El proceso de San Plácidon del demonio Peregrino gracias a las hechicerías de las que se valía el propio Olivares, y que eran por todos conocidas en la Corte. A éste hecho hay que sumarle otra historia de cortejo amoroso en la que se vio envuelto el propio Felipe IV de mano de estos dos subordinados y que puso en graves aprietos a la monarquía…pero esta historia ya la que trataré en otra ocasión. El definitiva, el escándalo fue mayúsculo dentro de Palacio y fue la comidilla del Mentidero de San Felipe durante los 3 años en los que se alargaron los exorcismos dentro del convento.

Finalmente el fraile Alonso de León denunció el caso ante la Inquisición en 1631, lo que llevó a apresar una noche tanto al Padre Francisco como a la abadesa y a las monjas endemoniadas, siendo llevados a las cárceles secretas de la Inquisición en Toledo.

La tortura reveló comportamientos lascivos y sacrílegos en terreno santo, acaecidos en el convento, mezclas de superstición y de libertinaje junto a magia negra y herejía iluminista. Con todo y eso, el Padre Francisco negó el cargo de alumbrado, reconociendo que había embaucado a las monjas por puro placer carnal pero sin afán de adoctrinar según la secta iluminista. Ésta confesión le rebajó en mucho la pena, impuesta por el Inquisidor General Diego Serrando de Silva en 1633, siendo recluido de por vida en un convento, privado de todo cargo, con ayuno forzoso a pan y agua tres veces por semana y dos disciplinas para mortificarse. Las monjas fueron condenadas de levi, es decir en menor grado, y después de abjurar se las escoltó a diversos conventos apartados. La abadesa fue recluida en el convento de Santo Domingo el Real de Toledo, pero fue en breve perdonada restituyéndola en el cargo y puesto gracias a la intercesión de Villanueva y Olivares.

El influjo de estos dos poderosos hombres, junto con la conducta ejemplar que demostraría después la abadesa llevarían a algo muy inusual: la revisión del proceso para reivindicar el honor perdido por los acusados. Se alegó que el fraile ejecutor de la denuncia era amigo personal del Padre Francisco y que aquello generó en la tergiversación de las declaraciones de las monjas. El Consejo de la Suprema admitió el recurso, abriéndose nuevo juicio con una sentencia favorable y absolutoria en 1638. El poder de los protectores del convento consiguió lo que en su momento no pudieron hacer. El único que no recibió el indulto fue el confesor, dada su reincidencia en sus delitos de liviandad con otra devota.

Aun con todo el mito y las leyendas de San Plácido no acaban aquí, pues la imaginación popular y los sucesos acontecidos tiñeron al convento de un aura de magia y superchería que impregnaría en numerosos sucesos acaecidos en el lugar, así como a los propios objetos que albergaban sus muros. Pero eso es otra historia…

Las brujas de Salem

juiciosdesalem Las brujas de SalemYa hablamos en el proceso de Zugarramurdi del último caso de condena por brujería dado en España; pese a nuestra leyenda negra referente a la Inquisición y su implacable persecución, veremos que a finales del siglo XVII y al otro lado del Atlántico aún se perseguía con virulencia estas prácticas, en un caso que recuerda, salvando las distancias, al proceso vasco. Este es el caso de las brujas de Salem.

Salem es una población americana, cercana a Boston fundada como colonia británica en 1630 dentro de Nueva Inglaterra. Como muchos asentamientos, la ciudad se forjó sobre una fuerte base puritana y conservadora, muy creyente y donde no faltaban, como en todos los pueblos, enfrenamientos familiares. Este es el germen del proceso más conocido en América de caza de brujas.

En Enero de 1692, Betty Parrish y Abigail Williams, de 9 y 11 años, hija y sobrina respectivamente del reverendo de la comunidad Samuel Parrish, comenzaron a tener un comportamiento extraño y enfermaron sin causa aparente, tenían desmayos, ataques y se sentían afligidas, según decían por una presencia sobrenatural.

El médico William Griggs del lugar atribuyó sus síntomas a obra del demonio e instó a las niñas a confesar quien las había embrujado. La primera acusación recayó en Tituba, la mujer de origen africano esclava de la familia, y que al parecer practicaba vudú. Tituba, acusada y torturada, declaró en la audiencia de marzo practicar brujería, pero no solo eso, sino que sabía de muchas más brujas que habitaban en el pueblo, por lo que fue perdonada y revendida como esclava. Sin embargo esta afirmación abrió la veda de la caza de brujas. Se constituyó en junio de 1692 un tribunal especial de Auditoría en Salem, presidido por el juez William Stoughton con el fin de investigar y juzgar a los acusados. Cientos de personas fueron señaladas por sus actitudes sospechosas, y las disputas familiares se convirtieron en acusaciones cruzadas que llevaron a la detención de 200 personas y a la muerte por ahorcamiento de 20 de ellas, 13 mujeres y 7 hombres, siendo la mayor parte de las demás condenadas a prisión perpetua.

Como pruebas se admitió la existencia de espectros que adoptaban la forma normal de los acusados, mientras estos practicaban la brujería o atacaban a inocentes. La primera en ser condenada por Bridget Bishop, ahorcada el 10 de Junio.

La fiebre persecutoria duró varios meses, acometiéndose los últimos procesos legales hasta mayo de 1693. Tras este tiempo el pueblo entero estaba estimado, y muchas de sus familias se habían roto, dejando a la zona económicamente devastada.

Solo cuando las acusaciones comenzaron a señalar a las clases nobles, se comenzó a detener la locura general. El gobernados Williams Pipps, disolvió en octubre el Tribunal Espacial, descartando a los espectros como prueba del delito, absolviendo a los que aún permanecían en prisión.

No sería hasta el 14 de Enero de 1697 cuando los jueces hicieron públicas sus disculpas por lo irregular del sumario, pues si bien la ley inglesa establecía la brujería como un delito contra la autoridad estatal, gente como Thomas Maule acusó de manipulación de los sucesos por parte de los puritanos, lo cual desató las críticas contra el proceso.

La historia del Juicio de Salem ha sido llevada al cine y al teatro por ejemplo en la obra El Crisol de Arthur Miller, y ha sido inspiradora de novelas, como ejemplo de la radicalización y del peligro del fanatismo religioso y la locura colectiva.

Estos sucesos han ayudado ahora a que el turismo se interese por la ciudad de Salem y por el proceso, pudiéndose encontrar en la propia población un Museo de las Brujas.

El proceso de Zugarramurdi

cuevazugarramurdi El proceso de ZugarramurdiRecibe este nombre el proceso inquisitorial llevado a cabo en un pequeño pueblo navarro llamado Zugarramurdi. El proceso comenzó en 1608 cuando María de Ximilguen fue requerida por el tribunal del Santo Oficio por su relación con otro proceso centrado en la ciudad francesa de Ciboure. Durante su testimonio, María reconoció haber soñado con varios vecinos del pueblo mientras participaban en diversos aquelarres celebrados en las cuevas del pueblo navarro; junto a este sueño comenzó a identificar a varias mujeres como María Chipia, Estevania de Teclea, María de Zozoya o Graciana de Barrenechea. La pena impuesta por el párroco local era la petición de perdón público por herejía, que se hubiera quedado así de no ser por la mediación de una denuncia al Tribunal de Logroño, que regía también el País Vasco y Navarra, por parte de Fray León de Aranibar, abad del monasterio de la vecina localidad de Urdax.

Esta denuncia y la posterior investigación por parte de la Inquisición, a través de Alonso Becerra y Juan del Valle Alvarado, desató un terror colectivo donde las antiguas trifurcas y odios salían a la luz en forma de denuncias cruzadas que como resultaron dejaron a unas 5000 personas sospechosas, de las que compadecieron ante el tribunal unas 1500 dejando a 300 como acusados en firme. 53 de ellas fueron señaladas como peligrosas y fueron encerrados en la prisión de Logroño. El juicio se extendió desde 1608 a 1610, año del gran auto de fe, realizado en 7 y 8 de noviembre, donde 21 personas fueron acusados de cargos menores, 21 fueron perdonados y a 11 de los imputados por herejía y brujería fueron llevados a la hoguera (6 en persona y 5 en efigie), frente a casi 20.000 personas que se habían reunido en la plaza de Logroño como espectadores para la ocasión. El Auto de Fe tuvo una gran repercusión en su época y dejó una marca a modo de estigma social sobre la población del valle de Baztán. Ésta sería la última vez que la inquisición española condenaría a alguien con la acusación de brujería.

Solo hubo un licenciado que medió e intentó imponer la razón sobre el miedo, fue Don Alonso de Salazar y Frías, quien se trasladó a Navarra para estudiar lo sucedido y que desde entonces fue apodado como “el abogado de brujas” por su defensa de estas mujeres, en su mayoría herbolarias que habitaban fuera de los núcleos urbanos y aún practicaban algún tipo de rito pagano, algo que les hacía blanco fácil para este tipo de acusaciones; pero no solo fueron mujeres las acusadas, también hombres y niños fueron investigados y procesados. Fue gracias a él por quien la inquisición reconoció sus errores en el proceso con el llamado “Edicto del Silencio” en el cual concluyeron, junto con Salazar, que la única realidad es que no hubo brujas ni embrujados hasta que se comenzó a tratar y escribir sobre ellos.

1366863603e0cb3233ba El proceso de ZugarramurdiActualmente hay abierto en la población de Zugarramurdi el “Museo de las Brujas”, en funcionamiento desde el año 2007, donde se puede revivir el proceso más famoso de brujería en España y que aún es recordado por sus habitantes en las mismas cuevas donde se dijo que se llevaban a cabo los aquelarres, llamadas en euskera Akelarrenleze. Como conmemoración del 400 aniversario de los sucesos se han desarrollado durante todo el año visitas guiadas, recreaciones, conferencias y exposiciones.

Aqui os dejo un pequeño reportaje sobre el proceso y el museo:

0 El proceso de Zugarramurdi

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