Privilegios de invención – La cafetera
La primera cafetera se inventó en Francia en 1685. Consistía en una simple jarra con un recipiente para calentar el agua mediante una lámpara de alcohol.
La primera cafetera se inventó en Francia en 1685. Consistía en una simple jarra con un recipiente para calentar el agua mediante una lámpara de alcohol.
Es difícil definir que es descubrir y quien puede considerarse un descubridor. En el caso del Nilo Azul el título de descubridor del mismo lo ostenta el explorador escocés James Bruce quien en 1770 y tras 12 años de búsqueda viajó hasta el inicio del éste afluente del Nilo. Sin embargo no fue el primer europeo en contemplar este lugar; quien goza de esa mención fue el español Pedro Páez quien en su viaje por Etiopía dejó en sus memorias el registro de sus vivencias que le llevaron a ver las fuentes del Nilo Azul en 1618, unos 152 años antes que James Bruce.
Pedro Páez fue un misionero jesuita que emprendió viaje a diversas misiones que le llevaron hasta la India, viviendo bastantes peripecias en los mismos, llegando a estar cautivo en Yemen, y obligado a ser el primero en recorrer el desierto de Hadramaut en la Península Árabe.
En 1603 emprendió viaje a Etiopía, hasta Fremona, donde se asentaba la base jesuita. Durante su estancia allí, el rey Za Dengel le ofreció a probar una extraña bebida, que no era otra que el cafua o café que posteriormente llegaría a Europa, siendo también pionero en probar esta bebida. La personalidad gentil, culta y considerada de Páez, junto con sus conocimientos de arquitectura y diplomacia le llevó a asentarse en la corte etíope y conseguir convertir al cristianismo católico a Za Dengel y a su sucesor Susinios Segued III, con quien visitaría las fuentes del Nilo Azul, uno de los afluentes del gran Nilo y el lago Tana en uno de tantos viajes que realizó con el monarca. Sobre ellos daría detalles en su libro “Historia de Etiopía” publicado en portugués en el año 1620, donde hace referencia al hecho con estas palabras: «Confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver el rey Ciro, el gran Alejandro y Julio César». En este volumen no solo narraba sus andanzas como misionero, sino también una detallada descripción geográfica e histórica del país africano.
Pedro Páez murió en Etiopía y su cuerpo sería enterrado en la capilla de la iglesia que construyó en Górgora allí donde nace el Nilo Azul a la orilla del lago Tana.

Hace dos años el escritor Javier Reverte presentó la primera edición en español del libro de Páez “Historia de Etiopía”. El mismo Reverte ya había escrito otro libro sobre la figura de este aventurero español, con titulo “Dios, el diablo y la aventura”.
Os remito a un relato más extenso de las peripecias de Pedro Páez relatadas por Jesús Sánchez Jaén en su blog Viajes y viajeros.
El día 9 de octubre de 1604 un grupo de científicos como Altobelli en Verona, Marius en Padua, Clavius en Roma, o Brunowski en Praga fueron testigos de la aparición de una magnifica supernova ubicada en la Vía Lactea; este último dio aviso al el astrónomo y filósofo alemán Johannes Kepler quien consiguió observarla el 17 de octubre. Sería su amplio estudio publicado como “De Stella nova in pede Serpentarii” (La nueva estrella en el pie de Ophiuchus) el que bautizaría a la estrella, ahora conocida como SN1604, con su nombre. La extensa obra expondría evidencias de que el Universo no es estático, sino que evoluciona y sufre cambios, una idea revolucionaria para su tiempo. La estrella pudo observarse sin necesidad de aparatos durante 18 meses desde su avistamiento, a pesar de encontrarse a 20.000 años luz de la Tierra, dado el maravilloso brillo que producía. Desde entonces ninguna supernova ha sido observada en tiempos históricos dentro de nuestra propia galaxia, si bien anteriormente en 1572 ya había sido visualizada una parecida, la SN1572, en la constelación de Cassiopea, por el astrónomo Tycho Brahe, maestro del propio Kepler.

Florencia rinde homenaje a uno de sus habitantes más brillantes, Galileo Galilei (Pisa, 1564-Florencia, 1642). Fue en esta ciudad de la Toscana, donde el científico saboreó sus más grandes descubrimientos y la mayor de las amarguras, hace ya 400 años. Como conmemoración se ha transformado el Museo de la Ciencia, ubicado en el Palazzo Castellani en un nuevo Museo Galileo donde se exponen los instrumentos que sirvieron al genio para descubrir Júpiter en 1609 y los cráteres y montañas lunares. Junto con estos dos telescopios y el compás militar inventado por Galilei, la muestra reúne 1000 objetos científicos, dibujos y facsímiles, como el polémico libro Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo escrito en 1632, que reconstruyen la historia de este gran momento histórico del descubrimiento del Heliocentrismo. Además pueden apreciarse restos del propio Galileo, pues tras morir fue sepultado en un cementerio clandestino; con el tiempo, sus discípulos en un claro gesto anticlerical desenterraron varios dedos y dientes de su maestro para conservarlos como reliquias de un mártir por la libertad de pensamiento.

Uno de los más notables sabios del siglo XVII, el jesuita Atanasius Kircher, inventó el “echotectonicum machinamentum”, raro espía fonocámptico que fue publicado en el segundo tomo, folio 303 de su obra Musurgia Universalis. El artefacto es un cono retorcido o “cochleantum”, cuya misión es la de llevar los sonidos y voces desde una concurrida plaza hasta los salones de los políticos, una manera de acercar la opinión popular a los gobernantes. Su diseño podría ser un precursor del gramófono. Atanasius Kircher fue muy aficionado a la ciencia y un gran erudito, entre sus obras destaca la invención de la máquina de movimiento perpetuo, sus estudios sobre la lengua copta, los jeroglíficos o el chino. Pero sin duda su mayor aportación a la ciencia de la época es su tratado “Ars magna lucis et umbrae” publicado en 1671, donde describe multitud de artefactos relacionados con la luz y las sombras, con aplicaciones a relojes solares que ampliaron la Gnomónica de la época.

Simon Stevin fue matemático, físico e ingeniero nacido en Brujas (Flandes) en 1548. Está considerado un genio por sus coetáneos tanto por sus tratados de ingeniería militar e hidráulica como por sus trabajos sobre otros tantos rangos como la música, la economía o la semiología. Sus capacidades inventivas le llevaron a entrar al servicio del Príncipe Mauricio de Orange, en los Países Bajos. De esa época, entorno al 1600, su reputación cobraría mayor fama tras la creación de un ingenioso carruaje impulsado por velas; con él hizo una demostración en la playa de Scheveningen transportando hasta un total de 25 personas a una velocidad cercana a los 80 km/h para el asombro de los presentes, entre ellos el propio Príncipe de Nassau. La repercusión de su invento fue mayúscula, pero su subsistencia muy breve, dado que los asesores del Príncipe le aconsejaron que no se desarrollara semejante medio de transporte ante la posible ruina de los arrieros y de las postas de caballos, por lo que fue prohibida cualquier aplicación practica del mismo. Aún con todo su revolucionario sistema de transporte pasó a la posteridad y hoy puede verse en su ciudad natal.

La Casa de la Moneda de Segovia es uno de los proyectos de rehabilitación de espacios industriales más importantes que se están realizando. Su construcción, por parte de Juan Herrera, se inició cuando el rey Felipe II fue consciente de la poca efectividad con las que se manufacturaba el oro y la plata de las Indias. En las fábricas existentes, se acuñaban las monedas mediante golpeo de martillo, un sistema lento que no conseguía una buena calidad en el producto final, lo que fomentaba la falsificación y el negocio del cercen, consistente en recortar del sobrante de un lado, parte del valioso metal.
Sabiamente, el rey adquirió los avances tecnológicos que ya se empleaban en otros países y los trasladó a la ceca ubicada a la orilla del río Eresma en Segovia, dando pie al conjunto conocido como el Real Ingenio de la Moneda, en base a una fábrica de acuñación ya existente. Para incorporar la nueva maquinaria fue precisa su exportación desde Innsbruck (Alemania), junto con un total de 14 técnicos alemanes expertos en su manejo, conformando la expedición industrial más grande e importante realizada hasta la fecha.
La principal innovación fue adquirir maquinas laminadoras que empleaban la fuerza hidráulica para producir láminas de oro y plata de espesor uniforme, eliminando así el negocio del cercen, para ello se emplearon grandes ruedas hidráulicas verticales de madera, las cuales extraían la energía del río. Tras pasar por las laminadoras se acuñaba la moneda por ambas caras.
Hoy en día la asociación Juanelo Turriano, ha financiado la investigación y construcción de una réplica de las ruedas de ceca, de más de 2 m de diámetro, como ejemplo de las 14 ruedas que poseía la fabrica en su origen hasta 1772. Esta reproducción ha llevado a Jorge Soler y Jose Mª Izaga a realizar un gran trabajo de documentación y análisis sobre la tecnología del siglo XVI, para finalizar en la realización de la rueda que hoy puede verse expuesta en la Casa de Andrés Laguna en Segovia.
En el año 2005 se creó por parte de la Imprenta Artesanal del Ayuntamiento de Madrid la primera reproducción exacta de una prensa de principios del siglo XVII, como la que utilizó Juan Cuesta en 1605 para imprimir la primera edición de “El Quijote“. El trabajo realizado para llevar a cabo esta obra, ha implicado una inmensa labor de documentación e investigación, analizando legajos de la época e incluyendo viajes a Amberes para el estudio de las réplicas de la primera imprenta creada por Gutemberg.
Para la elaboración de la prensa se utilizó las mismas técnicas de montajes que se empleaban en el siglo de oro, mediante el uso de las herramientas de entonces, de una manera totalmente artesanal. La maquinaria realizada, es un engranaje complejo de multitud de piezas con un nombre y función muy concreta; piezas como el husillo, de gran tamaño, debe ajustarse perfectamente a una gran tuerca y moverse 6 cm y medio en una sola vuelta para lograr una impresión de gran calidad. Para conseguir tanta exactitud en su reproducción fue necesario reunir a un nutrido grupo de ebanistas profesionales e historiadores durante la labor de investigación que duró más de dos años.

Don Jerónimo de Ayanz y Beaumont (1553-1613) fue un militar español que destacó por ser un polifacético inventor. Su nombre comenzó a ser famoso por las azañas realizadas en Flandes, de las cuales Lope de Vega dejó constancia en la comedia “Lo que pasa en una tarde“, tales reconocimientos en el campo de batalla le hicieron merecedor del cargo de Administrador General de Minas del Reino, lo que le llevó a hacerse cargo de las 550 minas que poseía España en América. Es aquí donde su ingenio produjo grandes avances en la tecnología, llegando a plantear la primera aplicación practica del principio de la presión atmosférica. Pero sin duda uno de sus grandes logros fue ser el precursor del diseño de máquinas de vapor modernas de la cual registró la primera patente de en 1606, lo que en aquella época se llamaban “privilegios de invención”.
Son innumerables los inventos construidos y olvidados por el maestro Don Jerónimo: inventó un sistema de refrigeración para las minas, bombas para desaguar barcos, un precedente del submarino con pinzas capaces de extraer objetos del fondo, molinos de rodillos metálicos, bombas para el riego, una potabilizadora de agua marina…hasta un total de 48 patentes firmadas por el rey Felipe III.
Pero sin duda a modo de anécdota merece la pena narrar lo que aconteció en Valladolid, el 6 de Agosto de 1602, cuando Don Jerónimo de Ayanz se sumergió durante una hora en el Río Pisuerga a unos tres metros de profundidad, armado con una extraña vestimenta a modo de escafandra, su invento más popular, el cual le permitía respirar bajo el agua…una hora que bien podría haberse alargado, de no ser por que Felipe III, testigo de su hazaña, consideró la prueba muy aburrida y decidió poner fin a la misma. Si bien el invento tuvo sus aplicaciones pues en 1611 se tiene constancia de la primera ordenanza relativa a los buzos donde se describe su papel primordial “pues mediante su resuello va abajo y recorre por debajo del agua todo el galeón y busca por donde la hace con qué se repara lo que suele hacer, y muchos navíos salvan, que si no llevasen buzo, se quedaría en la mar”.
Sin duda fue un gran inventor adelantado a muchas de las ideas científicas que más tarde se han repartido los ingleses en fechas muy posteriores, tardando incluso dos siglos en postularse muchos de sus avances científicos