Picarescas en batalla: Ganado contra ingleses
El 24 de enero de 1600, la actual ciudad de Spanish Town en Jamaica, Villa de la Vega en esta época, contempló la llegada a sus costas de 16 buques ingleses al mando de Christopher Newport, amigo y seguidor del corsario Francis Drake. Por suerte para la villa, su llegada había sido conocida con antelación, por lo que se pudieron organizar las defensas con apenas los 200 hombres armados con los que se podía contar.
Los ingleses daban por segura la victoria, pues su fuerza era abrumadora, no solo en número sino también en potencia de fuego. Sin embargo esta vez la picaresca de los españoles volvería a cambiar las tornas en la batalla.
Los corsarios, tan seguros de sus fuerzas, buscaron convencer a los defensores de que rindieran la plaza antes del ataque. Para ello desembarcaron a un emisario portador de la bandera blanca en la playa, a pocos centenares de metros de las trincheras españolas. Su misiva era clara: o la rendición incondicional o la amenaza de pasar a cuchillo a todos los defensores de la plaza. Sin embargo los españoles, lejos de achantarse usaron la escasa habilidad de la lengua española de su interlocutor para ganar tiempo. Fingiendo no entenderse con el enviado alargaron la conversación el tiempo necesario para disponer cañones en las trincheras y asegurar mejor las defensas. Cuando los ingleses se dieron cuenta de la estratagema decidieron atacar y desembarcar con 1500 soldados.
Pero las tropas españolas ya estaban planeando su próximo movimiento. Para defenderse, ataron antorchas encendidas a los cuernos de toda cabeza de ganado de la que disponía la villa. El fuego enloqueció a los animales, que liberados, se lanzaron contra unos atónitos ingleses que se vieron embestidos por una estampida de toros y vacas.
Los soldados no solo fueron arrollados, sino que retrocediendo de manera desorganizada se abalanzaron sobre sus propios camaradas lo que aumentó el pánico y terminó con una gran huida en desbandada que dejó tras de sí unos cincuenta muertos ingleses por aplastamiento.
Desconcertados y temerosos, los hombres de Newport decidieron embarcarse de nuevo, negándose a tomar la ciudad. Sin haber disparado ni un solo tiro, las fuerzas españolas vieron como los corsarios se hacían a la mar para abandonar definitivamente la isla.
Fuente: Eduardo Ruiz de Burgos Moreno «La difícil herencia» (editado por Edaf)
Como ya hiciéramos el año pasado en su
El gran maestro de esgrima de la época dorada del cine de aventuras de Hollywood 

Las actuaciones se iniciaron a las 7 de la tarde, cuando dos grupos comenzaron a batirse al arranque del casco histórico. Piratas contra soldados y un nutrido grupo de espadachines llegados desde varios puntos de Francia, comenzaron a recorrer las calles trabando sus aceros en cada parada, demostrando las destrezas de su arte. Con un guión que aunaba los enfrentamientos, poco a poco cada comitiva avanzaba envuelta por más y más visitantes que miraban con asombro los encuentros de cada protagonista, para disfrute de todos. Con cada duelo nos íbamos acercando a la antigua Colegiata de Santa Juliana, donde los grupos se unieron en un combate de tercios contra piratas que terminaron con algún que otro bucanero remojado en el conocido abrevadero de la villa; y de españoles contra franceses, para culminar en un duelo multitudinario por la liberación del cardenal secuestrado en medio de las refriegas.

La ciudad holandesa de 

A las tres de la madrugada el ejército francés comenzó su avance en el inicio de una batalla que duraría 6 horas. Tras un flaco comienzo por parte del ejercito francés, el ejército imperial consiguió apoderarse de algunos de sus cañones, pero sin embargo Enghien se rehizo y atacó con la caballería el centro del ejército de Melo. Tras este contragolpe, los tercios italianos huyeron en desbandada, quedando los tercios españoles para resistir. Los refuerzos llegaron tarde, sobre las 8 o 9 de la mañana, cuando ya no había posibilidad de intervenir.
El llamado
La
Los piqueros debían adoptar una formación muy cerrada, dejando apenas espacio entre sí, no permitiendo pasar a un hombre entre dos soldados, componiendo una verdadera amalgama de hombres y armas. En la primera línea se colocaban los piqueros de 26 palmos y detrás en las tres filas restantes las de 20 palmos. De esta manera la formación era realmente eficaz contra la caballería y contra un nutrido grupo de infantería, combinándose a la vez con un grupo de arcabuceros. Sería el cambio del arcabuz al mosquete y el uso posterior de la bayoneta lo que desplazaría a la pica de los campos de batalla.
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