Rigores de la Etiqueta Española – IV

Servirle una copa al rey no era una tarea sencilla.

A su lado en las comidas se disponía el copero, atento a la menor indicación del monarca para rellenarle la copa. Para ello debía ir a por ella al aparador donde el “sumiller de la cava” la tenia dispuesta y tapada. El sumiller la descubría para que observasen tanto el copero como el medico de la semana, para actos seguido volverla a tapar y llevarla ante el rey, escoltado por los maceros y el ujier de sala. Después se le servía doblando la rodilla en el suelo, a la vez que se sostenía una salva debajo de la copa, mientras bebía el monarca, para evitar que cayera gota alguna; tras beber el copero volvía a depositar la copa en el aparador y el panetier acudía con una servilleta para que el rey se limpiase.

De esta manera cada sorbo real de la copa ponía en movimiento a un tropel de personas, causando molestias y tiempo, incluido el del rey, víctima de tan estricta etiqueta.

Leído en “El rey se divierte” de José Deleito y Piñuela.

Rigores de la Etiqueta Española III

Los monarcas nunca debían reírse.

Felipe IV, quien vivió 60 años, sólo se rió en tres ocasiones durante su vida.

Rigores de la Etiqueta Española II

Nadie, que no tenga sangre real y que este expresamente autorizado para hacerlo, como los ayudantes de cámara, puede tocar a los reyes de España, bajo pena capital.

Felipe III estuvo a punto de morir por esta norma cuando sus ropas se prendieron al acercarse a una chimenea; los lacayos aterrorizados no se atrevían a tocarlo para apagar las llamas, finalmente vencieron los temores y buscaron a un noble de alta cuna para ayudarlos. Por suerte para ellos, y en contra de la opinión de sus asesores, el rey les perdonó la vida.

Cuando las reinas españolas quieren ir de caza, o simplemente cabalgar, deben montar en el caballo saltando desde el estribo de una carroza, dado que nadie puede ayudarlas, lo cual es bastante peligroso.

Rigores de la Etiqueta Española I

Los pies son toscos y vulgares, motivo por el cual se ha decretado que sus majestades carecen de ellos y nadie en la corte puede nombrarlos.

Durante el viaje con motivo de su boda con Felipe II, Ana de Austria, originaria de dichas tierras,  recibió de regalo unas medias de seda; a la autoridad provincial que se las obsequió, se le reprendió y se le recordó amenazadoramente que la reina no tenía pies, tras lo cual la futura reina, desconocedora de la etiqueta española llegó llorando a la Corte, pensando que al finalizar el viaje se los cortarían.


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