Francisco de Quevedo – A fugitivas sombras doy abrazos

A fugitivas sombras doy abrazos;
en los sueños se cansa el alma mía;
paso luchando a solas noche y día
con un trasgo que traigo entre mis brazos.

Cuando le quiero más ceñir con lazos,
y viendo mi sudor, se me desvía;
vuelvo con nueva fuerza a mi porfía,
y temas con amor me hacen pedazos.

Voyme a vengar en una imagen vana
que no se aparta de los ojos míos;
búrlame, y de burlarme corre ufana.

Empiézola a seguir, fáltanme bríos;
y como de alcanzarla tengo gana,
hago correr tras ella el llanto en ríos.

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Los misterios de la iglesia de San Pedro de Madrid

sanpedroh Los misterios de la iglesia de San Pedro de Madrid

La iglesia de San Pedro, en la calle del Nuncio,  tiene fama por ser uno de los templos conservados más antiguo de Madrid, pero también por ser de los templos que más misterios guarda. Desde su torre mudéjar, ahora inclinada, hasta los restos de un caballero emparedado de pie con sus armas, que fue desenterrado en el siglo XVI mientras hacían reformas en la sacristía, hasta su campana, tan inmensa que nadie se explicaba que fuerza humana pudo izarla a tal altura, por lo que las gentes contaban la leyenda de que se alzó solas una noche, cuando los albañiles la abandonaron en el suelo de la torre hasta resolver el problema de izarla. Cuál sería su sorpresa cuando esa misma noche oyeron tañer la campana que debía espantar a los demonios de las nubes, aquellos que traían los granizos y la pedrisca. Pocos años después, en 1565, la campana se quebró en dos, por lo que hubo de desmontarla. No acabaría así la leyenda de la campana, ya que su sucesora, se dice, que sonó sola el día en que murió Felipe II.

Pero si fue conocida la iglesia de San Pedro en el siglo XVII fue por uno de sus moradores, un calabrés llamado Genaro Andreini, que tras su llegada y en breve tiempo se convirtió en uno de los exorcistas más famosos de Madrid. El italiano llegó desde su tierra en peregrinaje hacia Santiago para ver el sepulcro del Apóstol, pero se asentó en Madrid, en esta parroquia, comenzando a realizar exorcismos por los que se hizo muy popular. Desde su llegada no eran pocas las personas que llegaban de uno y otro punto del reino para ser exorcizadas por las manos del calabrés, ya que se creían poseídas por demonios o por el mismo Satán.

Los fieles de Andreini crecían con el tiempo, pues él proclamaba el aumento de las posesiones, lo que sugestionaba aún más al populacho que acudía en masa a recibir su socorro. Tal fue la algarabía entorno a él, que el Santo Oficio tuvo que poner orden en el escándalo, desterrando al italiano fuera de castilla, consiguiendo a la vez expulsar al resto de demonios junto con él.

Tal fue la popularidad de este hombre que se dice que hasta Francisco de Quevedo le compuso unos versos satíricos:

“Venid viejas, a San Pedro.

Llegad, que ya está el beato

Andreini con hisopos

Preparado a buscar diablos”

Francisco de Quevedo – Definiendo el amor

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,
un cobarde con nombre de valiente,
un andar solitario entre la gente,
un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,
que dura hasta el postrero parasismo,
enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es tu abismo:
mirad cuál amistad tendrá con nada
el que en todo es contrario de sí mismo.

firmaquevedo Francisco de Quevedo   Definiendo el amor

Francisco de Quevedo – Miré los muros

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía         
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,            
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.

Firma quevedo1 Francisco de Quevedo   Miré los muros

Limpieza de Sangre

limpiezadesangre Limpieza de Sangre

Obra: Limpieza de sangre
Autor: Arturo Pérez-Reverte
Ilustrador: Carlos Puerta
Editorial: Alfaguara, 1997

La segunda novela de la saga nos devuelve otra vez al Madrid de los Austrias para asistir a los peligros que rondarán al Capitán Alatriste y a Iñigo Balboa en un enfrentamiento directo con el Santo Oficio.

A punto de incorporarse a su antiguo tercio en Flandes, Diego Alatriste se ve envuelto por mediación de su amigo don Francisco de Quevedo en otra peligrosa aventura. Una mujer ha aparecido estrangulada en una silla de manos frente a la iglesia de San Ginés, con una bolsa de dinero y una nota manuscrita: “Para misas por su alma”. El enigma se complica con los sucesos misteriosos que ocurren tras las paredes de un convento, cuando Alatriste es contratado para rescatar de allí a una joven novicia. En el azaroso y fascinante Madrid de Felipe IV, entre lances, tabernas, garitos, intrigas y estocadas, la aventura pondrá en juego la vida de los amigos del capitán, haciendo surgir del pasado los fantasmas de viejos enemigos: el pérfido secretario real Luis de Alquézar, el inquisidor fray Emilio Bocanegra y el siniestro espadachín italiano Gualterio Malatesta.

Al igual que con la primera novela de la saga, Limpieza de Sangre nos hace vibrar con el género de aventuras de capa y espada, donde los duelos, las palabras y el acero son protagonistas de cada una de sus páginas, reuniendo de nuevo a los viejos conocidos del anterior libro y con una trama que engancha y mantiene su intensidad hasta acabar en un final in extremis. De nuevo la ambientación del Madrid del siglo XVII es protagonista, con un lenguaje muy cercano a la época donde se ambienta y que ayuda a imbuirse aún más en ella. Para muchos, una de las mejores historias del Capitán Alatriste.

La Conjuración de Venecia

Con este nombre se conoce a la intriga política producida en 1618 en la ciudad de los canales y que tuvo por protagonistas a grandes personajes de nuestra historia, formando uno de tantos capítulos de la Leyenda Negra.

Las relaciones entre Venecia y España, a través de sus embajadores fueron tensas en esos años, debido en parte al apoyo que Venecia dio a Saboya en su guerra contra España, por lo que no es de extrañar que unos y otros se acusaron mutuamente de haber conjurado para genera un alzamiento militar.

Según los venecianos, la conjura se forjó entre los grandes hombres de poder españoles en Italia: el duque de Osuna, virrey de Nápoles y su secretario Francisco de Quevedo; el marqués de Villafranca, gobernador de Milán y el marqués de Bedmar, embajador español en Venecia. Todos ellos eran enemigos potenciales del Consejo de los Diez, el cual habría intentado presionar al Duque de Lerma para ser retirados de sus cargos en Italia, a cambio de seguir manteniendo la paz en la península.

Todo comenzaría diez días antes de la fiesta de la Ascensión, día grande en el que se celebraban las bodas del Dux con el mar. El 14 de mayo comenzaron a aparecer cuerpos de mercenarios franceses ajusticiados en la Piazzetta o asesinados por las calles flotando en los canales, hasta un total de 300 personas; mercenarios que según unos, habrían sido manipulados por este grupo de diplomáticos españoles, dado que podrían haber pertenecido a las tropas corsarias al mando del  duque de Osuna, quien les habría dado órdenes de ocupar los centros vitales de la ciudad y volar el arsenal.

El caso es que los venecianos justificaron la presencia de éstos mercenarios franceses protestantes, asentados en la ciudad, como medio que causara una justificación para la intervención militar española del Adriático, y con ello obtener por la fuerza el poder en Venecia.

La supuesta denuncia por parte de unos de los conjurados ante el Consejo de los Diez, promovió las detenciones de los franceses y su ajusticiamiento sin juicio previo. El alzamiento acabó con grandes disturbios y con el asalto a la embajada española, lo que obligó a huir al marques de Bedmar y también a Quevedo, en una rocambolesca huida, donde salvó la vida al disfrazarse de mendigo y gracias a su dominio del dialecto veneciano. Tras este golpe de mano, las fuerzas españolas responsabilizaron de los hechos a las autoridades venecianas, cuyo fin habría sido comprometer a los españoles y por tanto a las relaciones entre la Republica y el Imperio, gestándose la mala propaganda, azuzada por los enemigos de estos últimos, con consecuencias terribles para sus protagonistas.

A los oídos del monarca, Felipe III, azuzado por su valido el duque de Uceda, habría sido Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, quien habría conjurado para hacerse con el titulo de rey de Nápoles. El embajador Bedmar sería destituido, y tiempo después Osuna sería llamado a la presencia del recién coronado Felipe IV, quien lo encerró en el castillo de Barajas, donde permanecería hasta su muerte, a pesar del apoyo de su mujer, Doña Catalina Enríquez de Ribera y de su secretario Don Francisco de Quevedo, también desterrado a su señorío de La Torre de Juan de Abad.

josephheintz1650 La Conjuración de Venecia

En el foro Paradox Interactive tenéis una explicación más exhaustiva, con diferentes puntos de vista.

Un lance por una dama

Se dice en los mentideros que el jueves santo del 21 de marzo de 1611, hallábase Don Francisco de Quevedo en la iglesia de San Martín, asistiendo a la misa de las Tinieblas, cuando vio a un hombre abofetear, airado ,el rostro de una dama de decoroso porte. Indignado el poeta por tan bárbaro atropello, desafió al insolente y batiéndose con él a las puertas del atrio lo dejó tan malherido que murió a las pocas horas. El muerto era de poderosa familia, la cual se dispuso a tomar venganza, por lo cual Quevedo, cediendo al consejo de sus amigos, abandonó el país trasladándose a Nápoles, al amparo de su gran amigo el Duque de Osuna, con quien permaneció durante un año de exilio.

Francisco de Quevedo – Poderoso caballero es Don Dinero

Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
Anda continuo amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
Donde el mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al rico y al pordiosero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
Al cobarde y al guerrero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Es tanta su majestad,
Aunque son sus duelos hartos,
Que aun con estar hecho cuartos
No pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
Al gañán y al jornalero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso caballero
Es don Dinero.
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La dama del balcón

Se dice en los mentideros que andaba cierta noche por las calles de la villa y corte uno de sus máximos ingenios, Don Francisco de Quevedo, cuando se encontró con que una bella mujer le regalaba hermosas palabras asomada desde un balcón. El intercambio de agasajos y galanteos impulsó a Quevedo a trepar hacia la dama, por medio de una cuerda que había colgada y sin saber que en la habitación se encontraban sus amigos, bastante bromistas, que habían organizado y todo y que se encargaban de izar la cuerda. A medio camino de la ascensión, los amigos desistieron de tirar, dejando colgado al ilusionado poeta, comenzando con las bromas y las burlas hacia su persona. Tal revuelo se armó, que la gente se paraba a mirar la grotesca situación. Al fin llegó la ronda nocturna a poner orden y al contemplar el panorama preguntaron:

-¿Quién vive?

A lo que el poeta, con su naturaleza ingeniosa, respondió sin inmutarse.

-Soy Quevedo, que ni sube, ni baja, ni está quedo.

Herrador de realeza

Se dice en los mentideros que la anécdota de Quevedo con la cojera de la Reina llegó a oídos del propio Rey quien, molesto, intentó devolverle al poeta la jugada. Felipe IV le llamó a audiencia y le solicitó que le compusiera algún verso improvisado. El autor le pidió un tema o asunto sobre el que hacer el verso, diciéndole:
- “Dadme pie Majestad”
El rey, aprovechando la frase, y con muy poca fortuna, le alargó la pierna para intentar burlarse del poeta y de su cojera, a lo que éste le respondió:
- “Paréceme, gran señor, que estando en esta postura, yo parezco el herrador y vos la cabalgadura”.


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