Los pozos de nieve
A consecuencia de las bajas temperaturas predominantes durante los siglos XVI y XVII fue posible la creación de los llamados pozos de nieve o neveros, construcciones que permitían almacenar durante meses la nieve, para su posterior uso en periodos más cálidos.
La nieve se sacaba de las montañas y se almacenaba dentro de pozos profundos en el suelo para mantenerla a una temperatura constante. Estos pozos tendrían entre 3 y 6 metros de ancho y entorno a los 10 metros de profundidad, construidos en piedra y recubiertos por un techado de madera, descendiéndose hacia su interior por escaleras pegados a los muros. En su interior se colocaba el hielo en los meses de abril y mayo, en capas compactas y apisonadas, situando cada metro o metro y medio mantas de paja, que también se colocaba en el fondo para evitar el contacto con el suelo y permitir el drenaje. Este era un trabajo duro, por las condiciones de intenso frio a las que se veían sometidos los poceros, y por el riesgo para obtener la nieve y transportarla hasta las edificaciones.
Posteriormente, en la época veraniega, eran muchos los que dejaban sus trabajos habituales para hacerse neveros y llevar el hielo desde los pozos hasta la ciudad en carros y mulas, envueltas en pieles, paños y paja y preferiblemente por la noche para evitar que se derritiera; el duro recorrido podía durar 2 jornadas y media hasta llegar a los puntos de almacenaje dentro de la capital, conocidos como neverías. Allí la nieve se limpiaría para su consumo, ya fuera para conservar alimentos como carne y pescado o para enfriar bebidas como los sorbetes, garapiñás y leches merengadas, así como para hacer helados que se obtenían de mezclar la nieve con sal. Además el hielo era considerado terapéutico para numerosas dolencias, como la fiebre, el cólera, la meningitis, las inflamaciones, las fracturas y las hemorragias.
Ciudades como Valencia, Alicante o Mallorca fueron grandes consumidores de hielo, así como el resto de la costa mediterránea, llevándose desde sus puertos hasta Ibiza o África. Otros pozos se construirían en los Reales Sitios cercanos a la corte, como la Casa de Campo o El Escorial, consumiéndose el hielo como artículo de moda entre las clases altas. En Madrid, su uso se fue generalizando, estableciéndose un mercado legal desde 1607 con licencia otorgada al catalán Pedro Xarquíes quien comenzó a traer la nieve desde Manzanares el Real. Comenzaría entonces, a construirse los pozos de la capital cerca de la puerta de Bilbao o de la nieve, la única por la que se debía introducir dicha mercancía para evitar el contrabando y creándose la Casa de Arbitrio de la Nieve y Hielos situada en la calle Alta de Fuencarral. Desde allí el producto se llevaba a diferentes puestos y tiendas, uno en la Puerta del Sol y otro en la plaza de Herradores y posteriormente, con su popularización a mediados del siglo, por diversos puestos por toda la ciudad.

El pasado lunes 12 de diciembre se presentó en el Teatro Español de Madrid la última novela de la saga del Capitán Alatriste, cuyo
Tomando asiento comenzaría la entrevista, más coloquio entre amigos quizás que un batallón de preguntas y respuestas. Comenzó la charla con un toque de humor por parte de Antón, quien le trajo a Reverte una katana de madera “visto todo eso de Águila Roja” a lo cual Reverte mantuvo el gesto sin pestañear. Pronto entraron al tema, adentrándose primero en esa Venecia fría y peligrosa que marca el entorno de la novela, un territorio hostil de los muchos que han marcado la obra literaria de Arturo Pérez-Reverte y que llega a lograr que la ciudad forme parte de los protagonistas de la narración. La evolución del propio personaje del capitán y del joven Balboa, así como de su relación filial fue también un punto importante del diálogo, remarcándose en la novela en un fragmento muy emotivo en el cual Alatriste llama hijo a Iñigo, el momento más emocional según palabras de Antón.
Cincuenta años más tarde, el escritor volvería a residir en la entonces capital del reino de Felipe III, a partir del año 1604, cuando llegó para editar la novela de El Quijote, a través de Francisco de Robles; residiría en la ciudad hasta que ésta dejó de ser corte, allá por 1606. La casa donde se alojó fue identificada como tal en el año 1866, gracias al “proceso Ezpeleta” por el cual el escritor y su familia tuvieron que acudir a la justicia para declarar por la 

Desde el 23 de Marzo, se puede visitar en la estación de metro Opera de Madrid el polémico espacio con los restos musealizados encontrados durante las obras de ejecución de la estación, y que corresponden a la Fuente de los Caños del Peral, a una parte del acueducto de Amaniel y la alcantarilla o canalización del Arroyo del Arenal. Estos restos fueron levantados y desplazados para su restauración, colocándose de nuevo dentro de las instalaciones en otro lugar diferente al de su hallazgo.
La fuente se localizaría en la actual confluencia de la c/ Arenal con la Plaza de Isabel II. Debía de ser una construcción magnifica según indican los datos históricos que fijan su altura en 3 m y su longitud en 34 m; y también los restos encontrados, al menos un tercio del total en el 2009, pero de los que solo se han musealizado un tramo de 5 m, con uno de sus caños.

do por cada una de las 20 hojas del plano, detallando los edificios que en él se reseñan, muchos de los cuales aparecen ampliados y detallados en la tercera parte del libro. Además, como anexo se enumeran las calles que han cambiado su nombre y los edificios que aparecen y que se han conservado hasta la actualidad.
n del demonio Peregrino gracias a las hechicerías de las que se valía el propio Olivares, y que eran por todos conocidas en la Corte. A éste hecho hay que sumarle otra historia de cortejo amoroso en la que se vio envuelto el propio 
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