Cervantes y la licantropía
No son nuevos en la cultura popular del Siglo de Oro los fenómenos de licantropía, por mucho que la Inquisición tratase de acallar las leyendas más famosas entorno a estos seres capaces de convertirse en lobos a la luz de la luna; y menos aún su influencia en la literatura de autores como Miguel de Cervantes, quien trata en su obra “Los trabajos de Persiles y Sigismunda” un caso de brujería licantropa como muestra Luciano López Guitérrez en su libro “Portentos y prodigios del Siglo de Oro”
“… Lastimosamente aherrojado, con grilletes en manos y pies, el maestro de danzar ya ve, con desesperación, cercano el fin de sus días, cuando recibe en su celda penumbrosa la visita de una señora, que había sido liberada de la prisión, en la que había recalado por hechicera, porque había prometido salvar de la muerte a la hija de la alcaide, ya desahuciada por los médicos, con yerbas y palabras salutíferas.
En fin, la bruja, tal vez atraída por el donaire y gallardía de Rutilio, le asegura que es capaz de sacarle de la prisión si consiente en casarse después con ella. A Rutilio no le hace ninguna gracia tal proposición, pero se doblega a aceptarla para escapar de trance tan apurado. Así es que, llegada la noche, la hechicera despierta al maestro de danzar y le ordena que agarre el extremo de una caña, cosa que consigue porque por arte de birlibirloque se ha visto liberado de sus esposas y grilletes. Ya fuera de la celda, la mujer extiende su manto y ordena al caballero que pose sus pies en él, momento en el cual el manto se suspende en el aire y lleva a la pareja en un vuelo de tres o cuatro horas a apartados parajes donde se han puesto a salvo de cualquiera de sus perseguidores. Entonces la hechicera se abalanza sobre Rutilio con la intención de besarlo, pero este comprueba con estupefacción que se ha convertido en una espeluznante loba, de tal manera que el caballero saca fuerzas de flaqueza, logra encontrar un puñal que traía escondido en el seno, y atravesar con él a la impresionante loba que en su agonía va recobrando su figura de mujer. Rutilio, horrorizado, se aparta del cadáver, y espera que apunte el alba tras una interminable y congojosa noche. A los primeros hombres que se topa tras el amanecer les pregunta dónde se encuentra y tiene la suerte de que uno de ellos entienda su parla toscana y le conteste que está en Noruega, lugar en que son muy frecuentes fenómenos como los vividos por el galán italiano…”
Cincuenta años más tarde, el escritor volvería a residir en la entonces capital del reino de Felipe III, a partir del año 1604, cuando llegó para editar la novela de El Quijote, a través de Francisco de Robles; residiría en la ciudad hasta que ésta dejó de ser corte, allá por 1606. La casa donde se alojó fue identificada como tal en el año 1866, gracias al “proceso Ezpeleta” por el cual el escritor y su familia tuvieron que acudir a la justicia para declarar por la 

Miguel de Cervantes murió a la edad de 68 años, tras enfermar de hidropesía, y siendo enterrado un día más tarde como era costumbre en la época. Sobre la fecha exacta de su muerte y su entierro los eruditos no se ponen de acuerdo, unos dicen que murió el 22 siendo enterrado el 23 y otros que el 23 siendo sepultado el 24, si bien uno de los libros de difuntos de la iglesia de San Sebastian, dado a conocer en 1749 por Blas Nasarre dice: “En 23 de abril de 1616 años murió Miguel Cervantes Saavedra, casado con doña Catalina de Salazar, Calle de León. Recibió los Santos Sacramentos de mano del Licenciado Francisco López. Mandóse enterrar en las Monjas Trinitarias. Mandó dos Misas del alma, y lo demás a voluntad de su mujer, que es Testamentaria, y al Licenciado Francisco Núñez, que vive allí”.
Por su parte el ilustre literato ingles, William Shakespeare, murió el 3 de mayo de 1616 en la ciudad de Stratford. Los restos de Shakespeare fueron sepultados en el presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church) honor comprado por 440 libras por el escritor. En su monumento funerario aparece su busto en actitud de escribir, rezando bajo él la maldición:
LaZarillo – Matar zombies nunca fue pan comido
Esta sentencia parece obtenerse de la obra de 

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