El luto
El origen de las pautas que establecen el luto por un difunto, aparecen regidas por primera vez en un conjunto de leyes y reglamentos establecidos por los Reyes Católicos en la “Pragmática de Luto y Cera” a raíz de la muerte del príncipe Juan en 1497. Ya en esta pragmática se recogía que la indumentaria debía ser de color negro y los actos de dolor, recatados y sin plañideras. En el barroco el dolor debía ser intrínseco a la persona y no expresarse exteriormente de manera exagerada. Por ello se llegó a prohibir las mujeres y niños pagados para encargarse de llorar en demasía en los entierros, prohibición que como tantas era tenida o no en cuenta según cada particular. Aun así se exigía de la viuda las lágrimas indicativas de piedad por la muerte de su marido, pero de manera templada y no en demasía, un punto intermedio que marca la diferencia entre la admiración de su fe y el reproche social por su frialdad hacia el amor conyugal.
En el caso de la mujer que perdía a su marido, ésta debía olvidar su pasada vida matrimonial y pasaba a desposarse con Dios, lo que le obligaba a la castidad, el ayuno, la oración y la limosna. Esta ejemplaridad se expresaba a través de la vestimenta que pasaba a adquirir forma de hábito religioso. Según escribió la baronesa D’Aulnoy en su visita a España entre 1679 y 1680 las mujeres viudas y las dueñas vestían “negra toca, negro el vestido, negra la batista sin pliegues que caía más abajo de la rodilla, negra la muselina que le envolvía el rostro y le cubría la garganta, ocultando su cabellera, negro el manto de tafetán que la tapaba hasta los pies; negro el sombrero de anchas alas y negras las cintas de éste” de manera equivalente se trasladaría esta forma de vestir a las clases más bajas de la sociedad.
El luto no solo se expresaba en la propia ropa, sino en el interior de las casas y en la vida social, la cual se abandonaba por respeto hacia el difunto durante la duración del duelo e incluso durante el resto de sus días. Continuando con las descripciones de la baronesa “(las mujeres) deben llorar al marido muerto” y “(están) el primer año de luto en una habitación tapizada de negro, donde no se deja entrar un rayo de sol y se sientan sobre almohadón de tela de holanda. Pasan pasado el año a otra habitación cuyas paredes tienen tapices algo más claros, pero sin pinturas ni espejos, de los que no hacen uso las viudas, como tampoco de los servicios de plata ni de los muebles de lujo; es preciso que vivan tan retiradas como si perteneciesen a otro mundo”
Otra costumbre de la época tenía que ver con las joyas del difunto, las cuales eran legadas a sus familiares y parientes, pero ya hacia finales del siglo XVII entre las clases más pudientes, se reservaba una partida de sus bienes para fabricar aros conmemorativos que se distribuían entre los asistentes al funeral con inscripciones como “Recuerda que tú también morirás” y se decoraban con motivos mortuorios como calaveras. Los miembros de la familia podían encargar incluso anillos con mechones de pelo del difunto.
La muerte en un vecindario implicaba a todos sus habitantes, quienes participaban del cortejo fúnebre y de la obligación moral de dar el pésame. De la misma manera al presentarse en casa del difunto se debía hacer de luto y con mostrada tristeza. Un voceador se encargaba de comunicar lo sucedido, al igual que el sonido de las campanas de la parroquia. La puerta de la casa del difunto se dejaba entre abierta y se velaba al muerto en la habitación más espaciosa, despejada de todo mueble o elemento suntuoso y se tapaba el escudo familiar con lienzos negros. En el barroco toda la estructura y el protocolo social se hacían conforme a las pautas establecidas, en un artificio del cual era partícipe toda la sociedad.
El 23 de mayo de 1627 moría en Córdoba el gran poeta del culteranismo del siglo de oro, Luís de Góngora y Argote, autor de una corriente literaria nacida de su mismo genio. El enemigo acérrimo de francisco de Quevedo, multitud de veces vilipendiando por su coetáneo fue un hombre que aspiró en su vida a encontrar la belleza del lenguaje y a un mecenas que publicase sus obras manuscritas. En lo primero tuvo suerte, pero en la segunda no tanta. De familia noble y pudiente sus enemigos lo acusaron de sangre judía a pesar de que tras sus estudios en Salamanca se acogió al camino de la religión, más por complacencia paterna que por propio gusto dado que, a pesar del adusto semblante con el que lo retrató Velázquez, Góngora siempre fue hombre de chanzas y disfrutes, estando los naipes y la poesía satírica entre sus placeres. Así fueron muchas las quejas que el obispo de Córdoba tuvo de él como canónigo, recriminándole constantemente su ausencia en los actos eclesiásticos y sus comentarios jocosos en el coro.
Se dice para referirse a quienes en circunstancias adversas hacen gala de un inquebrantable espíritu altanero.
El gran maestro de esgrima de la época dorada del cine de aventuras de Hollywood 

Después de 5 años de espera desde la aparición del último título de la saga y a punto de cumplirse los 15 años desde la aparición del primer libro de la misma, por fin se conoce la fecha de lanzamiento de “El puente de los asesinos” la séptima novela del Capitán Alatriste.

Aquel que fue militar, sacerdote y el gran nombre del teatro del siglo de oro junto a Lope de Vega, murió un domingo 25 de mayo de 1681 en su casa de Madrid, cerca de la Plaza de la Villa, dejando a medio acabar las obras que tenía encargadas para ese año.
Miguel de Cervantes murió a la edad de 68 años, tras enfermar de hidropesía, y siendo enterrado un día más tarde como era costumbre en la época. Sobre la fecha exacta de su muerte y su entierro los eruditos no se ponen de acuerdo, unos dicen que murió el 22 siendo enterrado el 23 y otros que el 23 siendo sepultado el 24, si bien uno de los libros de difuntos de la iglesia de San Sebastian, dado a conocer en 1749 por Blas Nasarre dice: “En 23 de abril de 1616 años murió Miguel Cervantes Saavedra, casado con doña Catalina de Salazar, Calle de León. Recibió los Santos Sacramentos de mano del Licenciado Francisco López. Mandóse enterrar en las Monjas Trinitarias. Mandó dos Misas del alma, y lo demás a voluntad de su mujer, que es Testamentaria, y al Licenciado Francisco Núñez, que vive allí”.
Por su parte el ilustre literato ingles, William Shakespeare, murió el 3 de mayo de 1616 en la ciudad de Stratford. Los restos de Shakespeare fueron sepultados en el presbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad (Holy Trinity Church) honor comprado por 440 libras por el escritor. En su monumento funerario aparece su busto en actitud de escribir, rezando bajo él la maldición:
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