Las pintoras del siglo de oro
Dentro de la estricta sociedad masculina del siglo XVI y XVII, a su vez caracterizada por ser el siglo de oro de las artes como la pintura y la literatura, se pueden encontrar mujeres que rompieron la tendencia de su tiempo, y se dedicaron con fortuna a actividades propias de los hombres de su época.
Entre estos casos se encuentran nombres como el de Artemisa Gentileschi, Sofonisba y Lucia Anguissola, Lavinia Fontana, Clara Peters, Luisa Roldán “la Roldana”, las hijas de Pedro de Mena, y Josefa de Ayala.
Durante el siglo de oro era corriente que dentro de la educación que recibían las mujeres de noble cuna se incluyera no solo el arte musical sino también el de la pintura, por eso no es de extrañar que en su madurez muchas de estas mujeres instruidas desarrollasen su talento. De ello han quedado incluso testimonios literarios que reflejan la relativa frecuencia de la existencia de la mujer pintora, dentro de la sociedad de entonces, aunque lo más inusual era que esa afición se convirtiese en una actividad profesional.
Dentro del grupo de pintoras cabe destacar que la gran mayoría contaban con una de las tres premisas siguientes: ser noble, monja o familiar de artista. Del primer grupo de damas es reseñable el gran renombre que tuvo en su tiempo Sofonisba Anguisciola, joven muy culta que entre 1559 y 1574 residiría en España y que gozaría del favor real, siendo maestra de pintura de la reina Isabel de Valois y llegando a realizar algunos de los mejores retratos de Felipe II. Dentro del clero cabe destacar a Sor Estefanía de la Encarnación, monja profesa del Monasterio franciscano de Santa Clara de Lerma, la cual reúne las tres premisas juntas, habiéndose dedicado incluso durante su vida a la pintura como profesión, teniendo taller público y forjándose cierta fama al compararla entonces con la destreza de Sofonisba. Aquellas mujeres nacidas dentro de familias con taller artístico adquirían desde pronto la destreza con el dibujo y la pintura heredada de sus progenitores; de este grupo surgieron el mayor número de artistas profesionales, como Luisa Roldan “La Roldana” (video sobre su obra), Josefa de Obidos o María Eugenia Beer y Ana Heylan. Muchas hijas de artistas, como las del gran escultor Pedro de Mena, pudieron dedicarse profesionalmente al oficio como ayudantes de sus padres, pero las crónicas no aclaran hasta que punto influyeron en el desarrollo posterior del taller.
Queda, por tanto reflejada la existencia de esas mujeres que pudieron con mayor o menor éxito dedicarse con ciertas dificultades al mundo del arte, transgrediendo el orden natural de la sociedad de su tiempo.
En el siguiente video podreís ver algunas obras realizadas por pintoras del siglo XVII:
En el siguiente blog teneís bibliografías de distintas artistas femeninas del mundo del arte: Mujeres Pintoras Blog
Además en el Museo del Patrimonio Municipal de Málaga puede visitarse la exposición “La Estética de la edad Moderna en femenino” hasta el mes de Junio.
Los 



s últimos años de su vida pudieron eclipsar un talento que le hizo ser respetado por la corte de La Haya y por la burguesía, así como por los pintores futuros. Su capacidad de fusionar lo corpóreo y lo espiritual hicieron de sus obras elementos únicos, logrando captar al espectador en un sentimiento emotivo de la humanidad que reflejaba en sus cuadros. De entre ellos se conservan muchos autorretratos que narran en su reflejo la desafortunada vida del pintor, desde su juventud como pintor de éxito en 1630 hasta evolucionar a una vejez con duros golpes que afrontar, reflejando la acritud de quien sobrevive a su propia descendencia. Rembrandt fue un hombre golpeado por el duro destino de la tragedia personal y de la ruina así como algunos escándalos amorosos. Su intento de vivir por encima de sus posibilidades, su afán coleccionista de antigüedades y rarezas, así como su mala suerte en inversiones personales lo llevaron a la pobreza, que aparejada con la muerte de su único hijo adulto, lo llevarían a enfermar hasta la muerte, por depresión o por enfermedad, siendo enterrado en una tumba sin nombre en el cementerio Westerkerk de Ámsterdam, como muchos de los genios de su época.




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