Semana Santa en el siglo de oro
Durante el siglo XVII, la Semana Santa se caracterizaba por su fervor religioso, pero también por ser una ocasión para el libertinaje. Las iglesias no solo albergaban los rezos de los fieles, sino también las tertulias y el cortejo.
El Domingo de Ramos iniciaba las festividades, y los galanes solían obsequiar a las damas con palmas sin bendecir, lo que daba lugar a reyertas por celos. Una vez las palmas eran bendecidas, los galanes las colgaban en los balcones de sus amadas con un lazo, que según el color indicaba la correspondencia o no de su amor.
La noche del jueves al viernes, al estar abiertas las iglesias toda la noche y con la costumbre de las damas de velar al Santísimo hasta altas horas, se producían no pocos encuentros y más de alguna aventura amorosa. Aprovechando el tumulto, muchas jóvenes esquivaban a sus dueñas y escapaban con sus galanes a casas vecinas alquiladas para la ocasión.
Solo estos escarceos se interrumpían durante la procesión del viernes, donde el silencio de los devotos y la salida del Alcalde de Casa y Corte al frente de la Ronda, proporcionaban un ambiente de recogimiento. Muchas cofradías se encargaban en estos días de los más desfavorecidos, desde vagabundos hasta de las prostitutas, las cuales estaban obligadas a acudir a la misa de la iglesia de las Recogidas (Madrid) para tener la opción de retirarse a la vida conventual libres de pecado.
La procesión más importante era la de la noche del Viernes Santo, a la cual acudía el Rey, cardenales, embajadores, nobles y cortesanos portando un cirio y secundados por sus criados con antorchas. La procesión comenzaba a las cuatro de la tarde y terminaba de madrugada. Todas las parroquias sacaban sus mejores esculturas, obras de los más grandes maestros, y cruces enlutadas y tras ellas, cerrando la marcha un cortejo militar tocando tambores y trompetas. Junto a estos feligreses participaban los disciplinantes, más de 700 en procesión, con la cara cubierta y flagelándose o cargando con enormes cruces y cadenas o ataviados con cuerdas de esparto y coronas de espinas. Incluso entre los disciplinantes había quien lo hacía por fe o por galanteo, dándose picarescas tales como fingir los latigazos o ahuecar las cruces. Quien practicaba la flagelación, debía repetirla anualmente, pues se creía que de no hacerlo caería enfermo.
Los disciplinantes de origen noble, iban guardados por hombres armados que velaban por su seguridad durante el recorrido, ya que las trifulcas y peleas entre los penitentes eran comunes, sobre todo al paso de los balcones de la mujer deseada, momento en el cual los galantes aumentaban su sufrimiento, pues era bien visto por sus damas, incluso llegar a ser salpicadas con su sangre. Los amores correspondidos lucían un lazo de su amada que ataban al látigo y después devolvían como gesto de amor a su dama empapado en su sangre.
Tras la procesión general, el Sábado Santo se celebraba la quema de Judas, el cual, en efigie era apaleado, atado y quemado para algarabía general.
Más información: “La vida religiosa española bajo el cuarto Felipe” de José Deleito y Piñuela.
El origen de las pautas que establecen el luto por un difunto, aparecen regidas por primera vez en un conjunto de leyes y reglamentos establecidos por los Reyes Católicos en la “Pragmática de Luto y Cera” a raíz de la muerte del príncipe Juan en 1497. Ya en esta pragmática se recogía que la indumentaria debía ser de color negro y los actos de dolor, recatados y sin plañideras. En el barroco el dolor debía ser intrínseco a la persona y no expresarse exteriormente de manera exagerada. Por ello se llegó a prohibir las mujeres y niños pagados para encargarse de llorar en demasía en los entierros, prohibición que como tantas era tenida o no en cuenta según cada particular. Aun así se exigía de la viuda las lágrimas indicativas de piedad por la muerte de su marido, pero de manera templada y no en demasía, un punto intermedio que marca la diferencia entre la admiración de su fe y el reproche social por su frialdad hacia el amor conyugal.
Entre los muchos elementos asociados a la celebración de la Navidad que ya se realizaba en el siglo XVII, es la profusa iluminación navideña que tanto se prodiga en las últimas décadas por todas las ciudades una de las más llamativas, en cuanto al no disponerse de electricidad, bien pudiera parecer extraña. Según un documento del
(fol. 1 recto) La noche de Navidad, ansí por // la solemnidad de la fiesta como por // la mucha gente que anda derramada // por la Ciudad, se ha juzgado por muy // combeniente y de mucha gloria de // nuestro Señor, se ençiendan luçes en las // ventanas, especialmente en las calles mas // principales, que demás de ser demos // traçión de alegría por el nacimiento // de el Príncipe de el çielo, se evitaran // muchos imcombenientes que suele [h]aber // aquella noche y las personas que ban a las // Iglesias, a maitines, irán con más comodi // dad y seguridad. Y así se desea se pongan // las luces desde la [h]ora que en la Santa // Iglesia comiençan a tocar a maitines // y aunque muchas personas de la Ciudad // a quien ha agradado mucho este intento // (fol. 1 vuelto) están determinadas a dar este buen exemplo // a las demás porque en esto [h]aya más igualdad en todos los que moran en las calles más // principales. Se le suplica a vuestra merced se sirva de // mandarlo publicar. De que se espera muy gran // de provecho, etcétera. // 



Los coches fueron el vehiculo más extendido y con mayor categoría social de todos los que recorrían las calles de la Corte. Parece ser que el primero en verse por Madrid fue importado de Alemania, en 1548 por Carlos V. Su aumento considerable en número llevó a fijar un gremio de maestros constructores de carruaje en Madrid en el siglo XVII.
Los 

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