Semana Santa en el siglo de oro

sacarpaso Semana Santa en el siglo de oroDurante el siglo XVII, la Semana Santa se caracterizaba por su fervor religioso, pero también por ser una ocasión para el libertinaje. Las iglesias no solo albergaban los rezos de los fieles, sino también las tertulias y el cortejo.

El Domingo de Ramos iniciaba las festividades, y los galanes solían obsequiar a las damas con palmas sin bendecir, lo que daba lugar a reyertas por celos. Una vez las palmas eran bendecidas, los galanes las colgaban en los balcones de sus amadas con un lazo, que según el color indicaba la correspondencia o no de su amor.

La noche del jueves al viernes, al estar abiertas las iglesias toda la noche y con la costumbre de las damas de velar al Santísimo hasta altas horas, se producían no pocos encuentros y más de alguna aventura amorosa. Aprovechando el tumulto, muchas jóvenes esquivaban a sus dueñas y escapaban con sus galanes a casas vecinas alquiladas para la ocasión.

Solo estos escarceos se interrumpían durante la procesión del viernes, donde el silencio de los devotos y la salida del Alcalde de Casa y Corte al frente de la Ronda, proporcionaban un ambiente de recogimiento. Muchas cofradías se encargaban en estos días de los más desfavorecidos, desde vagabundos hasta de las prostitutas, las cuales estaban obligadas a acudir a la misa de la iglesia de las Recogidas (Madrid) para tener la opción de retirarse a la vida conventual libres de pecado.

La procesión más importante era la de la noche del Viernes Santo, a la cual acudía el Rey, cardenales, embajadores, nobles y cortesanos portando un cirio y secundados por sus criados con antorchas. La procesión comenzaba a las cuatro de la tarde y terminaba de madrugada. Todas las parroquias sacaban sus mejores esculturas, obras de los más grandes maestros, y cruces enlutadas y tras ellas, cerrando la marcha un cortejo militar tocando tambores y trompetas. Junto a estos feligreses participaban los disciplinantes, más de 700 en procesión, con la cara cubierta y flagelándose o cargando con enormes cruces y cadenas o ataviados con cuerdas de esparto y coronas de espinas. Incluso entre los disciplinantes había quien lo hacía por fe o por galanteo, dándose picarescas tales como fingir los latigazos o ahuecar las cruces. Quien practicaba la flagelación, debía repetirla anualmente, pues se creía que de no hacerlo caería enfermo.

Los disciplinantes de origen noble, iban guardados por hombres armados que velaban por su seguridad durante el recorrido, ya que las trifulcas y peleas entre los penitentes eran comunes, sobre todo al paso de los balcones de la mujer deseada, momento en el cual los galantes aumentaban su sufrimiento, pues era bien visto por sus damas, incluso llegar a ser salpicadas con su sangre. Los amores correspondidos lucían un lazo de su amada que ataban al látigo y después devolvían como gesto de amor a su dama empapado en su sangre.

Tras la procesión general, el Sábado Santo se celebraba la quema de Judas, el cual, en efigie era apaleado, atado y quemado para algarabía general.

Más información: “La vida religiosa española bajo el cuarto Felipe”  de José Deleito y Piñuela.

El luto

reinaviuda El luto El origen de las pautas que establecen el luto por un difunto, aparecen regidas por primera vez en un conjunto de leyes y reglamentos establecidos por los Reyes Católicos en la “Pragmática de Luto y Cera” a raíz de la muerte del príncipe Juan en 1497. Ya en esta pragmática se recogía que la indumentaria debía ser de color negro y los actos de dolor, recatados y sin plañideras. En el barroco el dolor debía ser intrínseco a la persona y no expresarse exteriormente de manera exagerada. Por ello se llegó a prohibir las mujeres y niños pagados para encargarse de llorar en demasía en los entierros, prohibición que como tantas era tenida o no en cuenta según cada particular. Aun así se exigía de la viuda las lágrimas indicativas de piedad por la muerte de su marido, pero de manera templada y no en demasía, un punto intermedio que marca la diferencia entre la admiración de su fe y el reproche social por su frialdad hacia el amor conyugal.

En el caso de la mujer que perdía a su marido, ésta debía olvidar su pasada vida matrimonial y pasaba a desposarse con Dios, lo que le obligaba a la castidad, el ayuno, la oración y la limosna. Esta ejemplaridad se expresaba a través de la vestimenta que pasaba a adquirir forma de hábito religioso. Según escribió la baronesa D’Aulnoy en su visita a España entre 1679 y 1680 las mujeres viudas y las dueñas vestían “negra toca, negro el vestido, negra la batista sin pliegues que caía más abajo de la rodilla, negra la muselina que le envolvía el rostro y le cubría la garganta, ocultando su cabellera, negro el manto de tafetán que la tapaba hasta los pies; negro el sombrero de anchas alas y negras las cintas de éste” de manera equivalente se trasladaría esta forma de vestir a las clases más bajas de la sociedad.

El luto no solo se expresaba en la propia ropa, sino en el interior de las casas y en la vida social, la cual se abandonaba por respeto hacia el difunto durante la duración del duelo e incluso durante el resto de sus días. Continuando con las descripciones de la baronesa “(las mujeres) deben llorar al marido muerto” y “(están) el primer año de luto en una habitación tapizada de negro, donde no se deja entrar un rayo de sol y se sientan sobre almohadón de tela de holanda. Pasan pasado el año a otra habitación cuyas paredes tienen tapices algo más claros, pero sin pinturas ni espejos, de los que no hacen uso las viudas, como tampoco de los servicios de plata ni de los muebles de lujo; es preciso que vivan tan retiradas como si perteneciesen a otro mundo

Otra costumbre de la época tenía que ver con las joyas del difunto, las cuales eran legadas a sus familiares y parientes, pero ya hacia finales del siglo XVII entre las clases más pudientes, se reservaba una partida de sus bienes para fabricar aros conmemorativos que se distribuían entre los asistentes al funeral con inscripciones como “Recuerda que tú también morirás” y se decoraban con motivos mortuorios como calaveras. Los miembros de la familia podían encargar incluso anillos con mechones de pelo del difunto.

La muerte en un vecindario implicaba a todos sus habitantes, quienes participaban del cortejo fúnebre y de la obligación moral de dar el pésame. De la misma manera al presentarse en casa del difunto se debía hacer de luto y con mostrada tristeza. Un voceador se encargaba de comunicar lo sucedido, al igual que el sonido de las campanas de la parroquia. La puerta de la casa del difunto se dejaba entre abierta y se velaba al muerto en la habitación más espaciosa, despejada de todo mueble o elemento suntuoso y se tapaba el escudo familiar con lienzos negros. En el barroco toda la estructura y el protocolo social se hacían conforme a las pautas establecidas, en un artificio del cual era partícipe toda la sociedad.

Villancico

Atención, Pasqual,
veremos en el Portal
a tres sabias Magestades,
que hazen de tres voluntades
una sola voluntad,
y con cada Magestad
llegar infinitas gentes
de Provincias diferentes,
sonoro tocando, suave cantando,
y como fueren llegando,
los iremos conociendo
en el son, que fuere haziendo
cada qual de su nación.

Atención,
que por más admiración
de aver Dios hombre nacido,
los que han de ser, son, y han sido,
todos han de entrar con son.

Alumbrado navideño

velasw Alumbrado navideñoEntre los muchos elementos asociados a la celebración de la Navidad que ya se realizaba en el siglo XVII,  es la profusa iluminación navideña que tanto se prodiga en las últimas décadas por todas las ciudades una de las más llamativas, en cuanto al no disponerse de electricidad, bien pudiera parecer extraña. Según un documento del Archivo Municipal de Toledo fechado en la navidad de 1629, la idea de iluminar las calles de la ciudad en estas fechas, obedecían principalmente a una utilidad práctica, pero también simbólica, asociada al nacimiento de Jesucristo. El ir y venir de la gente por las calles para las ceremonias nocturnas y de maitines que se celebraban en las numerosas iglesias, propició la solicitud de colocar por las principales vías, alumbrados desde las ventanas para dar mayor seguridad durante el trayecto a los fieles, en una ciudad llena de estrechas callejuelas. Serían los propios vecinos los que comenzaran a colocar las iluminaciones en sus propias casas hasta empujar, de cierto modo, a extenderse como obligatorio. Un germen del que luego surgirá una de las representaciones típicas que adornan nuestras calles en esta época del año.

Aquí abajo podéis encontrar la transcripción del texto:

alumbradonavideo Alumbrado navideño (fol. 1 recto) La noche de Navidad, ansí por // la solemnidad de la fiesta como por // la mucha gente que anda derramada // por la Ciudad, se ha juzgado por muy // combeniente y de mucha gloria de // nuestro Señor, se ençiendan luçes en las // ventanas, especialmente en las calles mas // principales, que demás de ser demos // traçión de alegría por el nacimiento // de el Príncipe de el çielo, se evitaran // muchos imcombenientes que suele [h]aber // aquella noche y las personas que ban a las // Iglesias, a maitines, irán con más comodi // dad y seguridad. Y así se desea se pongan // las luces desde la [h]ora que en la Santa // Iglesia comiençan a tocar a maitines // y aunque muchas personas de la Ciudad // a quien ha agradado mucho este intento // (fol. 1 vuelto) están determinadas a dar este buen exemplo // a las demás porque en esto [h]aya más igualdad en todos los que moran en las calles más // principales. Se le suplica a vuestra merced se sirva de // mandarlo publicar. De que se espera muy gran // de provecho, etcétera. //

[1629]. [Toledo] Minuta de una solicitud presentada al Ayuntamiento de Toledo para que mande publicar un bando sobre la necesidad de iluminar las calles de la ciudad en la noche de Navidad. Papel, 1 hoja.

Conspiración en Venecia

conspiracionenvenecia Conspiración en Venecia

Obra: Conspiración en Venecia
Autor: Yael Guiladi
Editorial: Edhasa 2005

A principios del siglo XVII, Venecia se ha convertido en un punto estratégico, tanto militar como comercialmente, y en escenario privilegiado de las luchas políticas que decidirán el futuro de Europa. Por consiguiente, es también un auténtico nido de espías, en el que los servicios diplomáticos deben jugar sus cartas con acierto. Daniel Farrar, cuya familia huyó de España perseguida por la Inquisición, confía en hallar en esta ciudad un ambiente de mayor libertad religiosa y de pensamiento, y sin embargo se ve inmerso en una apasionada historia amorosa y, sobre todo, en una vorágine de intrigas, tras las cuales se dibuja la sombra de la Corona española en la figura de su embajador, Alfonso de la Cueva.

El marco en el que se desarrolla la novela es la presunta conspiración española llevado a cabo en Venecia en 1618 a cargo de las fuerzas del duque de Osuna y encabezada por el marqués de Bedmar, embajador en la ciudad. Al contrario que otras novelas históricas versadas sobre el mismo acontecimiento político, la autora de esta obra da un giro al punto de vista tradicional y nos presenta la decadente Venecia del siglo XVII a través de un judío converso huido de España, y recientemente llegado a la ciudad de los canales, donde busca encontrar un lugar en el mundo al margen de la religión. Será este punto el eje fundamental de la historia, las dudas, debates y problemas que durante su vida habrá tenido la forzosa conversión y la imposibilidad de ser de nuevo aceptado en el culto judío de sus antepasados, lo que empujará al protagonista Daniel Farrar, a buscar la libertad tanto para él como para su amada. Será en el transcurso de esa búsqueda cuando se topen, sin pretenderlo, con los indicios de una conspiración para derrocar el poder veneciano.

No espere el lector encontrarse con una novela llena de acción trepidante o intrincados juegos de intriga. El libro se enfoca más hacia la búsqueda personal del protagonista por un hueco en el mundo que no a la propia conspiración, la cual solo forma parte del empuje final al personaje por intentar conseguir la paz que tanto deseaba. Por ello la intriga se ve a través de los ojos de quien se topa con unos indicios de su existencia y consigue datos que desenmarañas los hechos, pero sin grandes escenas ni actuaciones osadas por su parte. No es una novela de aventuras, sino un libro más reflexivo sobre la libertad personal y el problema planteado a los conversos que buscaban de nuevo ser recibidos en los brazos de su antigua religión.

Esa manera diferente de ver la vida de Venecia durante el arranque del siglo XVII es lo más notable de la historia, ya que permite vislumbrar la vida en el interior del barrio judío y el juego ambiguo que el poder de la República ejercía sobre la libertad religiosa dentro de su territorio. Otro punto a favor del mismo es la existencia de la bibliografía en la que la autora se ha inspirado para la obra, en algunas partes reconocible en el propio texto, y que permite continuar con la ambientación de la ciudad de Venecia más allá del contexto y los personajes de la novela.

En definitiva, una novela de ambientación histórica que no llega a rozar el género de aventura, pero que se acerca a la conspiración contra el poder de la República de una forma diferente al de otras novelas semejantes, ahondando más en la problemática de la fe y la religiosidad de la época.

Este link lleva a una entrevista con la autora a raíz de la presentación del libro en el año 2005.

Toledo

toledoa Toledo

Toledo a comienzos del siglo XVII es, como casi todas las ciudades de su época, una urbe que ha vivido tiempos mejores. Tras un final de siglo marcado por la presencia de la corte de Felipe II en la ciudad, Toledo se vio como el centro del Imperio, no solo político sino también religioso. Dentro de ese ímpetu, la ciudad se modernizó acorde a los nuevos tiempos, intentando romper la trama medieval que había adquirido a lo largo de su historia con reformas urbanísticas importantes. Se construyeron hospitales como el de Santa Cruz y el de San Juan Bautista, se rehabilitó el Alcázar como residencia cortesana y se abordaron reformas de las plazas más importantes de la ciudad como la del Zocodover, centro comercial y popular de la ciudad y la del Ayuntamiento, lugar representativo de los poderes de la ciudad, con trazas del arquitecto real Juan de Herrera. Además se emprenderían grandes proyectos hidráulicos, como la navegabilidad del Tajo o el Ingenio que diseñaría Juanelo Turriano para subir agua del río al Alcazar. También se ortogonalizaron callejas, se reformaron las cloacas y se construyeron importantes edificios como el Ayuntamiento, las Carnicerías, el Mesón de la Fruta, la Casa de Venus o el Corral de Comedias y se transformaron o reconstruyeron las puertas de las murallas. Estos proyectos, impulsados durante el siglo XVI se prolongarían hasta bien entrado el siglo XVII, cuando la expulsión de los moriscos y la emigración de parte de su población a Madrid, capital desde 1561, menguaron su industria y acompañaron al declive económico de otras ciudades castellanas de su tiempo.

Es entonces cuando la ciudad, bulliciosa y mestiza, con representantes de varias nacionalidades – El Greco es un ejemplo de la comunidad griega residente en la ciudad- cedió su poder cortesano y municipal en pro del eclesiástico, comenzándose a llenar su casco interno de conventos y monasterios que poco a poco fueron consumiendo el poco espacio del tejido urbano del cual disponían sus habitantes. Si durante la estancia de la corte de Felipe II la ciudad de había visto desbordada por la presencia de cortesanos, nobles y comerciantes, ahora se veía ocupada por multitud de miembros de las órdenes regulares, que con sus redecillas internas hicieron de Toledo y de su poderosa Archidiócesis el centro religioso del Imperio. Aquí acudían los hijos de las familias nobiliarias para ingresar en las órdenes,  acompañados por sus sirvientes y por ricas dotaciones económicas. Mientras sus calles se fueron volviendo silenciosas, amparadas entre las tapias de infinitud de estos recintos, solo populosos en los festejos que, como el día del Corpus Christi, atraían a sus habitantes hacia las calles de recorridos sinuosos, aún llenas de leyendas antiguas.

Aqui os dejo un enlace con el plano sacado del lienzo de El Greco “Vista y plano de Toledo” de 1614.

The Devil’s Whore

thedevilswhoreseriech4 The Devil’s Whore

The Devil’s Whore (La puta del diablo) es una miniserie británica de 4 capítulos emitidos por el canal Channel 4 en el año 2008 que narra la Guerra Civil Inglesa (1642-1651) de mediados del siglo XVII a través de las vivencias de un personaje ficticio femenino, Angélica Fanshawe, que servirá como hilo conductor a través de los personajes más importantes de dicho momento histórico, como Oliver Cromwell, Edward Sexby o Thomas Rainsborough.

La joven Angélica Fanshawe, huérfana de padres católicos y acogida por el propio rey Carlos I, encuentra la felicidad con su matrimonio con su primo Harry, noble al servicio de la corona. Sus visiones infantiles acerca del diablo son la comidilla de la corte, algo que junto a su inteligencia y su decisión política afectará al amor entre su esposo y ella. La revolución parlamentaria llevará a la noble dama a cambiar el bando monárquico por el revolucionario, conociendo a importantes personalidades que encabezan la revuelta. Su vida girará hacia los nuevos ideales más radicales desde el bando de los niveladores, que creen en la igualdad de las clases sociales, hasta la de los digger, que abogan porque la propiedad de la tierra es de quien la cultiva. Esta radicalización de sus ideales desencadenará decisiones terribles entre los hombres que la rodean.

La serie combina a la perfección drama, acción y un ritmo ágil que nos conduce a través de solo 4 capítulos por una historia que debía haberse desarrollado en 13. A pesar de ello, el argumento y el gran trabajo de ambientación y, ante todo, interpretativo de los actores consiguen una serie de gran ritmo, que engancha al espectador y le mantiene dentro de la convulsa historia del establecimiento del régimen republicano en Inglaterra, tras la convulsa guerra y la decapitación del rey Carlos I. El vertiginoso transcurrir de los acontecimientos quizás presente alguna laguna para los que desconozcan los entresijos políticos de tan importante etapa, pero aún así permite seguir el argumento, que por su intensidad, solventa la merma de metraje. Grabada en Sudáfrica, las imágenes aparecen cuidadas en cada fotograma, recurriendo a efectos de contrastes de color en momentos importantes o dramáticos.

Mención aparte merece la interpretación, la cual a través de media docena de personajes es capaz de recrear la brutalidad de una época marcada por las matanzas, junto al declive de la nobleza inglesa. Como protagonista Andrea Riseborough que representará el papel de las mujeres de su época que arriesgaron su vida en la lucha por sus derechos, y cuya belleza e ímpetu de libertad enamorará a los protagonistas masculinos entre los que destaca Michael Fassbender en su papel del militar Thomas Rainsborough o John Simm como el mercenario Edward Sexby ambos hombres clave en el bando revolucionario. Oliver Cromwell interpretado por Dominic West, Tom Goddman-Hill como John Liburne, o Peter Capaldi como Carlos I encarnan posiciones políticas aparentemente diferentes, pero convergentes al final, demostrando que el poder corrompe cualquier alma.

Lo mejor: la gran calidad de la producción, el ritmo ágil del guión, y una gran interpretación de todos sus personajes.

Lo peor: la reducción de 13 a 4 capítulos, mermando la participación de personajes que podrían haber dado mucho juego en la trama, y reduciendo el disfrute de la serie.

Trailer (con subtitulos en portugues y spoilers)

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Vehículos – Los coches

carruajefelipeii Vehículos   Los cochesLos coches fueron el vehiculo más extendido y con mayor categoría social de todos los que recorrían las calles de la Corte. Parece ser que el primero en verse por Madrid fue importado de Alemania, en 1548 por Carlos V. Su aumento considerable en número llevó a fijar un gremio de maestros constructores de carruaje en Madrid en el siglo XVII.

Los coches se hacían a mano en los talleres, aunque algunos preferían exportarlos de Italia, Inglaterra, o Centroeuropa. Su apariencia era pesada, sus cajas exteriormente eran de acabados oscuros, siendo al interior revestidos de sedas y damascos. Lo más común eran los coches con techo, no solo por el clima de la capital, sino por la insana costumbre del “agua va”.La caja se sostenida mediante correas que la elevaban escasamente del suelo, a lo que se llamó suspensión por sopandas; sus ruedas eran desproporcionadas las de adelante con respecto a las de atrás, lo que les daba un aspecto algo inusual. La jerga de los coches se asemejó a la de los barcos, llamándose proa a la parte delantera y popa a la trasera; en su interior se distinguía tres tipos de asiento, el de proa el más modesto y donde se situaban los sirvientes o personas de inferior categoría, el de popa donde se sentaba el acompañante de mayor clase social y el de estribo, el preferido por los galanes que acompañaban a las damas, por ser el más visible y por tanto lugar de exhibición.

Hubo gran cantidad de tipos de carruajes con distintos nombres: carrozas, coches, carricoches, calesas, estufas, furlones y birrotones, éste último de solo de dos ruedas.

Siempre eran decorados al gusto de quien lo encargaba, variando los toldos, cortinillas, ornamentación de piel en los asiento, llegándose hasta tal punto que obligó a imponerse una ley que prohibía expresamente los adornos de oro y sedas. Aún así se siguieron construyendo soberbios carruajes, en 1642 se fabricó en Madrid un coche guarnecido de tela carmesí, con bordados en plata, y cuyos clavazones y herrajes eran de tan noble metal, el coche ascendía a más de 20.000 ducados. La misma carroza de Felipe IV que usó para ir a Atocha a dar gracias al Santísimo por la liberación de Fuenterrabía era de ámbar bordada de oro; esa tarde se reunieron tres de los coches más lujosos de toda la Corte.

Para protegerse del polvo y las inclemencias del exterior, se utilizaban unos lienzos encerados hasta que se impuso el primer carruaje con cuatro cristales, llevado por el Marqués de Toral en 1625, algo muy comentado en los mentideros de la época. Si bien esta novedad no debió de popularizarse pues aún en el reinado de Carlos II no era lo más habitual.

Los carruajes, en la época del siglo de oro, eran todo un lujo accesibles a muy pocos. Las crónicas fijan como precio normal de un coche de 4 plazas unos 11.000 reales de la época, más un mantenimiento anual de más de 500 ducados y el precio de las mulas, unos 3000 reales más. Sin embargo su posesión demostraba el poder adquisitivo de una familia, llegándose muchas a endeudarse por comprarlo, aunque, como en un caso, fuese para colgarlo del techo de su palacio, por no tener dinero para comprar los caballos.

El tiro común de los coches se efectuaba mediante mulas, si bien los caballos eran empleados por gentes de mayor poder o distinción, sustituyendo a éstos animales en el reinado de Carlos II. Los tiros más modestos iban compuestos por dos animales, incrementándose el número como signo de ostentación, lo que obligó al Consejo a limitar y reglamentar su uso. De esta forma y ante la escasez de mulas de tiro, se decretó que el tiro de 6 animales estaba limitado a la propia familia real. Los demás distinguidos nobles debían contentarse con tiro de 4 bestias y a acompañarse de un pequeño séquito de pajes a caballo o colgados de la portezuela, vestidos sin librea, de negro o con un poco de color en las mangas. La regulación en el tiro de los animales llevó a que los animales se les atasen con correas o tirantes de hasta cinco varas de distancia, lo que se conocía como llevar tiros largos, para dar mayor apariencia de majestad y magnificencia. También se arraigó la costumbre, a raíz de un escándalo causado por el cochero indiscreto del Conde Duque de Olivares que escuchó una conversación comprometida, de que el cochero no viajara en el pescante, sino en la mula delantera.

La idolatría hacia los coches como signo de vanidad y ostentación se extendió por todas las clases sociales y quien más y quien menos se endeudaba para poder poseer uno. El número de estos vehículos se incrementó hasta más de 900 coches en 1637. Los extranjeros aseguraban no haber visto tantas carrozas como en nuestra Corte. Así las calles hubieron de adaptarse al transito de estos vehículos, utilizándose las tapias y fachadas ciegas para realizar ranuras a un metro del suelo con el fin de que pasaran los cubos de las ruedas y así poder transitar por calles estrechas. Aun con estos apaños, los coches solían usarse más para hacer la rua por las calle principales de la ciudad, como medio para ver y ser vistos, por los vecinos de la villa, lo que daba lugar a numerosos atascos en lugares como la calle Mayor, algo que no evitó el gusto desmedido por este objeto de culto.

carruajemundet Vehículos   Los coches

La moda vaquera del siglo XVII

chicovaquero La moda vaquera del siglo XVIILos pantalones vaqueros surgieron en el siglo XV en Génova, gracias a la necesidad que tenía la armada de un pantalón multiusos de tela resistente y cómodo para el trabajo de mar. Para su manufactura se utilizó el fustán o tela de geanes y con el tiempo los propios marinos fueron los que tiñeron la tela con su característico color azul índigo procedente de la India. A pesar de la popularidad de ésta tela, al ser empleada en trabajos tan duros que desgastaba la ropa por completo, y por ser usada por personajes pobres y trabajadores, visualmente no fue reflejada a lo largo de los siglos, al carecer de importancia ese estrato social para la historia de la pintura.

Pero la atracción que la vida cotidiana como tema de la pintura surgida en el siglo XVII, nos ha dado la oportunidad de contemplar los más bajos estratos sociales, sus costumbres y modo de vida. Y es así como, bajo la mano de un pintor italiano anónimo, nos han llegado diez cuadros del conocido como “Maestro della tela jean” que reflejaron a los mendigos y pobres vestidos con sus atuendos a base de esa tela genovesa y su característico azul. El Maestro, con su carácter solemne, y esa dignidad en representar al ser humano, pudo ser quizás alumno de Velazquez, de La Tour o de Le Nain. Éstos significativos cuadros fueron expuestos en la Bienal de anticuarios de París, en la Galeria Canesso el año pasado y hasta mediados de éste mes, para sorpresa de sus visitantes.

familiavaquera La moda vaquera del siglo XVII

Todo es enredos Amor

La Compañía Nacional de Teatro Clásico estrena mañana su último montaje: Todo es enredos Amor, de un autor nunca antes representado por la Compañía, Diego de Figueroa y Córdoba. Este cortesano, involucrado en la actividad artística ya como mecenas o como autor, imprimió la obra en 1671 siendo atribuida posteriormente a Moreto de manera errónea.

La comedia tiene todos los ingredientes de las obras del siglo XVII, enredos, equívocos, cambios de identidad, encubrimientos, con los tópicos de la dama disfrazada de caballero, criada fiel pero lianta, galanes y un escenario donde posibilitar la confusión, en este caso unas casas contiguas en Salamanca, y en un ambiente puramente universitario donde el autor suele ambientar sus obras.

La comedia posee un ritmo estructurado con momentos vivos y divertidos, llena de frescura y sin complicaciones, donde además la música participa de manera activa, acompañando al verso y enfatizando momentos precisos de gran emoción. El texto ha sido readaptado para mantener vigente su contenido en la actualidad, lo que ha llevado a cambiar, recomponer e incluso crear fragmentos nuevos para la obra, con el fin de establecer las relaciones entre los personajes trayéndolo a una visión más cercana a nosotros de elementos tan clásicos como el honor, la relación amo-criado o el fin último del matrimonio.

Éste es el segundo montaje que representa la nueva promoción de la Compañía, tras su anterior trabajo La moza del cántaro de Lope de Vega. La versión del texto es de Julio Salvatierra y la dirección corre a cargo de Álvaro Lavín.

La obra puede verse del 4 de enero al 6 de febrero en el Teatro Pavón de Madrid.

Más información en la web del Teatro Clásico Nacional.

todoesenredosamor Todo es enredos Amor


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